sábado, 7 de agosto de 2010

Dennis Jett: EE.UU. espera llegar a un nivel de justicia igual al del Perú en el Caso Fujimori

Dennis Jett, Embajador de Estados Unidos en el Perú 1996-1999

El ex embajador de los Estados Unidos, Dennis Jett, dijo esperar que su país llegue a un nivel de justicia igual al que se implementó en el proceso que se le siguió a Alberto Fujimori, a propósito del debate iniciado en Norteamérica, sobre la necesidad de iniciar un proceso legal contra quienes aplicaron mecanismos de tortura en ciertos programas antiterroristas de la administración de George Bush.

“(La sentencia de 25 años impuesta a Alberto Fujimori) es muy importante para el Perú, América Latina, y el mundo. Creo que la justicia y el Estado de Derecho, que existe hoy en el Perú, es un ejemplo para todo el mundo. Estamos en un debate en Estados Unidos sobre el uso de la tortura en la guerra contraterrorista y si debe haber un procedimiento jurídico contra funcionarios de la administración Bush. Creo que el ejemplo de lo que pasó con Fujimori en el Perú es un ejemplo para nosotros y esperemos que podamos llegar a un nivel de justicia igual a lo que ha pasado en el Perú”, manifestó en el programa “No Hay Derecho” de Ideeleradio.

El fin de semana último, una coalición de organizaciones estadounidenses presentó más de 250 mil firmas al fiscal general, Eric Holder, para que se designe a un fiscal especial que investigue los interrogatorios realizados durante la pasada administración gubernamental, los mismos que incluían golpes, privación del sueño, sometimiento a posturas físicas dolorosas, la manipulación de la alimentación y el "ahogamiento simulado".

Fujimori era un microgerente
Resaltó, asimismo, el procedimiento que desarrolló la Sala Penal Especial de la Corte Suprema, presidida por el vocal César San Martín y calificó a Alberto Fujimori, como una suerte de “microgerente” que estaba al tanto de todo lo que ocurría en el Perú.

“Creo que el proceso ha sido ejemplar, es un sistema diferente del nuestro. (En el Perú existe lo que) es un panel de tres jueces y aquí en los Estados Unidos tenemos un procedimiento por jurado. Creo que después de tantos meses y tantos testigos y evidencias no cabe duda de que fue un proceso muy serio y espero que todos vean el fallo con gusto, en término de proceso”, expresó.

“Yo siempre tenía la impresión de que Fujimori era encargado de su gobierno, que sus asesores eran muy pocos. Realmente él y su círculo íntimo eran como si fuera una persona y media. Uno era Fujimori mismo, porque tenía confianza en la sabiduría de su propio juicio y de vez en cuando estaba Montesinos como asesor, pero no todo el tiempo. Su estilo de gobernar para mí era donde él tomaba la decisión, escuchaba a sus asesores, pero él era como un microgerente, él estaba al tanto de los detalles de las decisiones, especialmente a algunos sectores con respecto a seguridad y defensa. Él estaba al tanto y tomaba las decisiones”, apuntó.

Caso “Chavín de Huántar”
El ex embajador en el Perú entre 1996 y 1999, también, se mostró a favor de que se investigue las presuntas ejecuciones extrajudiciales que se habrían perpetrado al término del operativo de rescate “Chavín de Huántar” (1997). No obstante, consideró que los procesos no deben dilatarse tanto.

“En la Operación Chavín de Huántar el presidente Fujimori estaba encargado de todo, él sabía de los detalles de la operación militar, cuando un grupo de 14 terroristas secuestraron y tomaron como rehenes a centenares de personas, y redujeron el número hasta 72 por 126 días en la residencia del embajador (de Japón). Eso es algo diferente a lo que ocurrió en La Cantuta donde fue un hecho puramente extrajudicial”, indicó.

“Vale la pena investigar (la extrajudicial), en cualquier incidente hay una versión y otra versión, de manera que se debe investigar para asegurarse de que no hubo una ejecución extrajudicial, pero hay que terminar con el proceso y llegar a una conclusión. No es justo tener acusaciones sin conclusiones, pero a veces cuando hay una operación de rescate la idea es salvar la vida de los rehenes y eliminar a los terroristas. No hay tiempo para demorar, hay que eliminarlos; después del operativo, puede ser otra cosa. No es como el caso La Cantuta donde eran inocentes”, acotó.

Lucha contra el narcoterrorismo
En otro momento, el ex diplomático se refirió a la alianza que existe entre el narcotráfico y el terrorismo en la zona del Valle del Río Apurímac y Ene (VRAE), área en donde perdieron la vida militares y policías que combaten este flagelo.

Comentó que esa relación es una evidencia de que los terroristas no tienen programas políticos, sino que son criminales involucrados en el narcotráfico para apoyar las operaciones del tráfico de estupefacientes.

“No sé si vamos a ver un cambio de política de la administración de (Barack) Obama, tal vez sería más énfasis en la asistencia al desarrollo alternativo. Y tal vez (desde) aquí en los Estados Unidos nosotros, (que) somos el mercado para las drogas, hay que tratar de que los programas (antidrogas) vayan desde la selva (del Perú) hasta el consumo en las calles de los Estados Unidos”, afirmó

“Entonces espero que tengamos más programas de tratamiento, tenemos encarcelados miles y miles de personas por el uso de drogas, pero creo que lo mejor sería tener programas de tratamiento para convencer a las personas que no usen las drogas. Tenemos responsabilidad en los Estados Unidos, para intentar cambiar el tema del uso de las drogas y asistir a los países como Perú que son tan afectados por la producción de la droga”, concluyó.

Publicado el 27/4/2009 en el Blog de Ideeleradio

martes, 27 de julio de 2010

TODO ESTO ES MI PAÍS

Poema de Sebastián Salazar Bondy






















Mi país, ahora lo comprendo, es amargo y dulce;
mi país es una intensa pasión, un triste piélago, un incansable manantial
de razas y mitos que fermentan;
mi país es un lecho de espinas, de caricias, de fieras,
de muchedumbres quejumbrosas y altas sombras heladas;
mi país es un corazón clavado a martillazos,

Un bosque impenetrable donde la luz se precipita
desde las copas de los árboles y las montañas inertes;
mi país es una espuma, un aire, un torrente, un declive florido,
un jardín metálico, longevo, hirviente, que vibra
bajo soles eternos que densos nubarrones atormentan;

Mi país es una fiesta de ebrios, un fragor de batalla, un guerra civil,
un silencioso páramo cuyos frutos son jugosos,
un banquete de hambres, un templo de ceremonias crueles,
un plato vacío tendido hacia la nada,
un parque con niños, con guitarras, con fuegos,
un crepúsculo infinito, una habitación abandonada, un angustiado grito
un vado apacible en el cual se celebra la vida;
mi país es un sepulcro en medio de la primavera,
una extraña silueta que abruma con su brillo la soledad,
un anciano que camina lentamente, un ácido que horada los ojos,
un estrépito que apaga todas las músicas terrenales,
un alud de placeres, un relámpago destructor, un arrepentimiento sin culpa

Un sueño de oro, un despertar de cieno, una vigilia torva,
un día de pesar y otro de risa que la memoria confunde,
un tejido de lujo, una desnudez impúdica, una impaciente eternidad;
mi país es un recuerdo y una premonición, un pasado inexorable
y un porvenir de olas, resurrecciones, caídas y festines;
mi país es mi temor, tu ira, la voracidad de aquel,
la miseria del otro, la defección de muchos, la saciedad de unos cuantos,
las cadenas y la libertad, el horror y la esperanza, el infortunio y la victoria,
la sangre que fluye por las calles hasta chocar con el horizonte
y de ahí retorna como una resaca sin fin;

Mi país es la mujer que amo y el amigo que abrazo tan solo por amigo,
el extraño que te sorprende con su odio y el que te da la mano porque quiere;
mi país es la ventana por la que miro la tarde,
la tarde que cae con sus ramas de melancolía en mi pecho,
y el agua matinal con que limpio mis pupilas de imágenes sucias,
el aire que respiro al salir de mi casa cada día,
y la gente que se precipita conmigo a los quehaceres sin sentido,
el trabajo, la fatiga, la enfermedad, la locura, el pensamiento,
la prisa, la desconfianza, el ocio, el café, los libros, las maldiciones;
mi país es la generosa mesa de mi casa y los rostros familiares
donde contemplo la marea incansable de mi dicha,
el cigarrillo que consumo como una fe que se renueva
y el perro cuya piel es cálida como su amistad;

Mi país son los mendigos y los ricos, el alcohol y la sed,
la aventura de existir y el orden en que elijo mis sacrificios;
mi país es cárcel, hospital, hotel, y almacén, hogar, arsenal;
mi país es hacienda, sembrío, cosecha;
mi país es escasez, sequía e inundación;
mi país es terremoto, lluvia, huracán;
mi país es vegetal, mineral, animal;
mi país es flexible, rígido, fluido;
mi país es líquido, sólido inestable;
mi país es republicano, aristocrático, perpetuo;
mi país es cuna, tumba, lecho nupcial;
mi país es indio, blanco, mestizo;
mi país es dorado, opaco, luminoso;
mi país es negro, amarillo cobrizo;
mi país es amable, hosco, indiferente;
mi país es azúcar, tungsteno, algodón;
mi país es plata, nieve, arena;
mi país es rudo y delicado, débil y vigoroso, angelical y demoníaco;
mi país es torpe y perfecto;
mi país es enorme y pequeño;
mi país es claro y oscuro;
mi país es cierto e ilusorio;
mi país es agresivo y pacífico;
mi país es campana,
mi país es torre,
mi país es isla,
mi país es arca,
mi país es luto,
mi país es escándalo,
mi país es desesperación,
es crisis, escuela, redención, ímpetu, crimen,
y lumbre, choque cataclismo,
y llaga, renunciación, aurora,
y gloria, fracaso, olvido;

Mi país es tuyo
mi país es mío,
mi país es de todos,
mi país es de nadie, no nos pertenece, es nuestro, nos lo quitan,
tómalo, átalo, estréchalo contra tu pecho, clávatelo como un puñal,
que te devore, hazlo sufrir, castígalo y bésalo en la frente,
como a un hijo, como a un padre, como a alguien cansado que acaba de nacer,
porque mi país es,
simple, pura, infinitamente es,
y el amor canta y llora, ahora lo comprendo, cuando ha alcanzado lo imposible.

lunes, 26 de julio de 2010

David Simon: «La gente que lleva los periódicos ya no respeta su propio producto»

David Simon, periodista (Entrevista tomada de aquí)


Por Pedro de Alzaga

David Simon (Washington DC, EEUU, 1960) habla sobre periodismo con el cariño, la vehemencia y la claridad de quien ama profundamente esta profesión. De quien nunca ha dejado de sentirse como aquel reportero que durante años pateó las comisarías de Baltimore (Maryland, EEUU) en busca de historias que alguien siempre prefería mantener ocultas.

Curiosamente, su relato más famoso de la realidad lo hizo desde la ficción, años después de dejar el diario The Baltimore Sun. La serie de televisión The Wire (HBO), de la que es creador, guionista y productor, alcanzó el reconocimiento mundial por contar una historia local de corrupción, drogas y periodismo en la que subyacen elementos tan intemporales como universales.

Pero su paso por la televisión no le ha hecho olvidar la prensa. En su artículo Construyan el muro, Simon hace un llamamiento desesperado a los principales editores de Estados Unidos para que empiecen a cobrar por sus periódicos en la red, como único medio de salvar las redacciones. Y habla sobre la industria de la información sin sentimentalismos, sin concesiones al drama y sin miedo, como quien escribe una buena crónica de sucesos en la que la víctima no son los periodistas sino el periodismo.

A usted le gusta decir que ‘The Wire’ se parece a una tragedia griega. ¿A qué se parece la crisis de los periódicos?

[Risas] La idea de tragedia griega podría extenderse también a los periódicos. Los dioses malévolos podrían ser Wall Street o los inversores de capital. En mi país, y creo que es así en todo el mundo, los periódicos empezaron a destriparse mucho antes de que apareciera Internet. Yo dejé The Baltimore Sun con otros reporteros en la tercera ronda de recortes de este periódico, en 1995, antes de que la Red supusiera una amenaza. A alguien en Wall Street se le ocurrió que podía hacerse más dinero publicando periódicos malos que publicando periódicos buenos, así que recortaron costes, redujeron la redacción y cubrieron menos asuntos para tener más beneficios. E hicieron esto en casi todos los periódicos del país, salvo tal vez en The New York Times y en The Washington Post. Cuando llegó la Red, los periódicos estaban tan destripados que no pudieron ni protestar y empezaron a regalar su producto, lo que supuso un error terrible. En una tragedia griega, el fallo suele residir en el protagonista, quien acarrea un defecto inherente exacerbado por los sucesos o por los dioses. Creo que esto bien vale para los periódicos y no es una mala analogía la que usted sugiere.

¿Por qué cree que su artículo ‘Build the wall’ levantó tantas críticas en Internet?

Porque muchos viven en la falsa ilusión de que pueden reemplazar el periodismo. Y es muy arriesgado creerse que el periodismo amateur es mejor que el que hacen los profesionales. Creo que están muy involucrados emocionalmente en la idea de hacer el trabajo de los periodistas. Y es gracioso, porque cuando expresan su enfado suelen acabar con un “Usted no sabe de Internet”. Y mi respuesta suele ser: “Usted no sabe de periodismo”. El periodismo, cuando se practica adecuadamente, es un acto increiblemente delicado, ético y exigente de tiempo que requiere conocer un asunto, mantener las fuentes, saber qué usar y qué no usar de estas fuentes, volver cada día para saber qué es nuevo y relevante en la institución que estás cubriendo y escribir de un modo sofisticado que a la larga desvele cosas complicadas sobre esa institución. Es algo que no puede hacerse desde el cuarto de estar, sino desde la calle y con llamadas telefónicas. La mejor gente que he conocido lo hacía, y cubría las instituciones durante ocho, nueve o diez años. En los periódicos de hoy en día, los reporteros con 10, 15 o 20 años de experiencia se han ido y no confío en que vayamos a descubrir lo que deberíamos descubrir en el ayuntamiento, en el departamento de policía o en el sistema escolar porque el reportero de 24 años que lo cubre lleva sólo seis meses.

La industria de los periódicos se ha despreciado a sí misma y a su producto, e Internet ha reconocido ese desprecio y lo ha duplicado. De vez en cuando, alguien con un interés especial en un determinado asunto destaca algo que llama la atención de los medios que lo cubren. Pero la idea de que un puñado de blogueros independientes pueda preocupar a un alcalde, a un comisario de policía o al administrador de una escuela… Mire, los periódicos eran poderosos porque llegaban a un cuarto de millón de puertas al día de siguiente, y esto importaba mucho a la gente que cubrían. Era algo por lo que había que sentir miedo, y no pena, pero ya no es así. ¿Qué jefe de policía se va a preocupar de lo que diga un bloguero?

Estoy muy contento con la democratización que ha traido Internet. Y por la opinión que ha traido, pues la Red es magnífica para la opinión. Pero para el periodismo de primera línea es una broma.

Pero ¿por qué un lector entiende el valor de una llamada de teléfono y no de un artículo? ¿De quién es el fallo: de los periodistas, de los lectores…?

El fallo está en todos, pero yo culpo especialmente a los capitanes de la industria de los periódicos. Cuando llegó el momento crítico, confundieron Internet con un soporte publicitario más, cuando de hecho era el sistema de distribución del futuro. Siempre se ha pagado por el periódico. A veces estaba subsidiado por la publicidad, que aportaba la principal fuente de ingresos, pero ¿quién recibía gratuitamente un periódico en la puerta de su casa? Todo el mundo pagaba por él. En Baltimore se paga 15 dólares a la semana y 4 más por la edición del domingo. ¿Qué loco, aparte de los editores de prensa, pensó que podía regalar su producto en Internet y la gente seguiría comprando el periódico? Es tan cósmicamente estúpido que sólo inspiró a los que pensaban así. Todos los periódicos de Estados Unidos se apuntaron a esta cabalgada y abrieron la puerta de la cuadra al caballo. Ahora se necesitaría un acto singular de coraje para meterlo de vuelta en la cuadra y decir “No, cuesta dinero mandar periodistas a Faluya, Berlín, Londres, Washington y Madrid. Cuesta dinero cubrir el mundo, y necesitamos una fuente de ingresos, necesitamos cobrar por ello”.

Otro asunto es que su visión de la industria de los periódicos parece paralizada por su pasado. En los últimos 40 ó 50 años, nadie hizo dinero con la distribución. Cuesta demasiado hacer llegar el periódico hasta la puerta de casa: cortar el árbol, imprimir las noticias, pagar las imprentas, pagar a los impresores, pagar los camiones, pagar la gasolina…Perdían dinero distribuyendo el periódico. Así que durante mucho tiempo nadie consideró la distribución como una fuente de ingresos posible para el periodismo, y sólo se preocuparon de la publicidad. Pero Internet es muy distinta, no tiene costes de distribución y si consiguieras que alguien te pagara sólo la mitad de lo que cuesta hacer llegar el periódico a la puerta de casa, todo eso sería puro beneficio. Pero estos chicos no pudieron verlo porque desde hace medio siglo la distribución no ha sido otra cosa que un coste. Estaban tan concentrados en la publicidad que no pudieron ver el futuro.

Los periódicos pueden resolver esto. Nuevos sitios web que surjan en las ciudades para cubrir lo que hasta ahora no se ha cubierto, de manera modesta, y también grandes periódicos. Digamos que si quieres saber lo sucede en Baltimore, Filadelfia o San Luis, puedes pagar unos dólares al mes y eso sufragará la plantilla de reporteros y camarógrafos. Está empezando, será muy lento y el principal daño es que han perdido la oportunidad cuando estaban mejor preparados para hacerlo.

¿Cómo puede un periódico nuevo sobrevivir en este escenario de pago?, ¿puede cobrar por sus noticias?

No estoy familiarizado con la dinámica de España, así que usted deberá hacer la analogía adecuada, pero en mi país, The Washington Post y The New York Times son las empresas informativas predominantes. Les siguen Los Angeles Times y The Wall Street Journal, a pocos pasos. En esos cuatro periódicos está casi toda la cobertura nacional e internacional.

Si todos ellos, sobre todo los dos primeros, decidieran que a partir del 1 de septiembre cobrarían por la edición digital y dijeran: “Puedes tener el periódico en casa o puedes tenerlo en la red por la mitad de precio, pero si no pagas por ello, no lo tendrás gratis. Y tampoco lo tendrá AP ni Reuters ni ninguna otra agencia” eso cambiaría las cosas. “El periodismo de The New York Times es esencial todavía y no puede ser replicado por internet, así que vamos a cobrar por él”. Si el Times y el Post lo hicieran, eso salvaría el periodismo. Si además el Baltimore Sun perteneciera la cadena de periódicos de The New York Times, podría decir: “Vamos a dar toda la cobertura local, de negocios, de deportes… y además, como miembros del consorcio, la cobertura nacional e internacional”, podrían cobrar también y esto salvaría la industria. Pero esto requeriría una postura de fuerza por parte del Times y el Post.

Algunos modelos apuntan a un periodismo financiado por la filantropía o incluso por el dinero público. ¿Qué piensa de ellos?

Me encantaría verlo, pues creo en el periodismo sin ánimo de lucro. Hay muchos sitios web que cubren zonas regionales y contratan periodistas profesionales, mesas de redacción, editores… pero a mí no me importa conservar los periódicos per se. Veo la imprenta como un anacronismo y llevar el periódico a las puertas de las casas debería formar parte del pasado. Internet es el sistema de distribución del futuro.

En lo que yo creo es en la redacción. Los blogs no tienen redacción, sino individuos. A veces intentan ser muy rigurosos con la información que publican, pero no están en una habitación con otras personas que evalúan su trabajo. Las mejores decisiones que yo he visto en el periodismo tenían que ver con las historias que alguien decidió no publicar, porque estaban mal fundamentadas o mal cubiertas. La redacción no sólo promueve el buen periodismo, por medio de editores experimentados que pueden enfocar tu trabajo mejor de lo que lo haría un solo individuo, sino también impide que alguien publique algo estúpido o malo. Es algo que sucede todos los días en las redacciones en las que yo crecí, y que no sucede en Internet.

Creo en la conservación de las redacciones y creo que la filantropía podría mantenerlas, pues lo único que debería financiarse es la plantilla. Ya no hay que pagar por las rotativas, los camiones o la gasolina, sólo hay que pagar a los reporteros y editores que trabajan en una habitación para cubrir una ciudad. Será más difícil conseguirlo mientras los dinosaurios, los periódicos medio vacíos, todavía existan, pero creo en ello.

Creo en ello, igual que no creo en Wall Street ni en que hayan aprendido una sola lección sobre lo que han hecho no sólo a los periódicos sino a un montón de industrias en aras de la consecución de un beneficio a corto plazo a costa de la salud a largo plazo. Las estructuras financieras de mi país han destruido cualquier cosa a cambio de un buen beneficio trimestral. Y lo han hecho una y otra vez, vendiendo mierda a la que llamaban oro. Este vender mierda por oro ha arruinado la industria de la automoción, la industria de los periódicos… si pueden conseguir un dólar haciendo el producto peor o incluso destruyéndolo, lo conseguirán.

Si algún modelo con ánimo de lucro se las arregla para conseguir nuevas fuentes de ingresos en Internet, si consiguen cobrar por su producto en mi país, creo que los dueños de periódicos irían a Wall Street, donde algún analista les diría “Bien, volvéis a hacer dinero: ahora cortad aquí y allá…”, pero no les diría que reinvirtieran ese dinero en hacer su producto mejor: contratar más reporteros, mejores editores, pagarles mejor, repartir beneficios, volver a hacer una carrera del periodismo, establecer un grado de profesionalización del periodismo que les inspire… Wall Street sólo mirará los ingresos y les dirá “¡Reduce costes y coge los beneficios. ¡Coge los beneficios!”.

Volviendo a la idea de la tragedia griega, el pecado original de casi todos los protagonistas de esta historia es que sus compañías salieron a Bolsa. Ya no son propiedad de familias, ya no reportan ningún beneficio a la comunidad y sólo cambiarán por lo que diga un analista de Wall Street.

¿Qué tipo de periodistas necesitarán las redacciones de esta nueva era: más periodistas como ‘Gus’ Haynes, más cazadores de noticias, más profesionales…?

Yo sólo creo en los profesionales y en el periodismo como carrera. Mis primeros años cubriendo la policía fueron primitivos: creí que bastaba con tener una idea y cubrirla. Pero entender el crimen, la guerra de la droga, el departamento de policía o cómo las estadísticas pueden ser fabricadas para mentir me costó años. Me costó años trabajando con gente mejor que yo, más experimentada y que habían visto mucho antes lo que yo entonces veía. Y tenía que estar en la redacción con ellos. La memoria institucional es uno de los bienes más valiosos de un periódico. Y eso es precisamente lo que te ofrece una redacción: memoria institucional.

Estaba rodeado por gente más inteligente que podía advertirme de cosas que seguir, y eso es tan valioso. Era un reportero de calle y aunque no me hice rico pude formar una familia, criar un par de chicos, tener una hipoteca , vivir bien y sentir que hacía algo con sentido en mi vida.

Creo en el periodismo como profesión. Los amateurs pueden opinar sobre el trabajo de los profesionales, y de vez en cuando aprender algo y levantar una historia, lo cual está muy bien. Cuanto más, mejor. Pero no puedes depender de aficionados para cubrir la actualidad todos los días. Ni para cubrir lo que es un rollo. Porque la mayor parte de las cosas importantes de nuestra sociedad suelen ser aburridas y necesitamos que alguien las cubra. Como la junta de urbanismo de una ciudad americana. Allí se dice dónde irá el dinero, cómo se gastará y cómo será la ciudad dentro de unos años, pero no ves a blogueros cubriéndolo de forma sistemática, y deberían estar allí los periódicos. Y nadie los echará en falta hasta que un día nos levantemos y veamos un bar de estriptís al lado de una escuela. [Risas]. Entonces sabremos que alguien no estaba cubriendo la junta de urbanismo.

Estuve en una mesa redonda con Arianna Huffington, de The Huffington Post, y la escuché contar orgullosa cómo había contratado a ocho reporteros para cubrir Washington. Tiene más gente que trabaja gratis, pero ella pagaba a a ocho reporteros para cubrir una ciudad que es el culmen, en un momento en que todo el mundo quiere leer sobre Obama. Pero los periódicos, cuando están inspirados, cubren el mundo. El día en que les importa The Huffington Post o Arianna Huffington es el día en que hay 20 reporteros de este periódico cubriendo la ciudad. Que son la mitad de los que una vez tuvo el Baltimore Sun para cubrir la ciudad, e incluso llegó a tener 60 reporteros. Así que veo esto y pienso que está interpretando el papel de diletante en el periodismo. Has contratado ocho personas para cubrir a Obama y los Republicanos. Bien, pero ¿quién cubre el mundo? Cada vez menos gente.

Usted dijo en una entrevista que escribía sus series de televisión bajo la premisa de “Que se joda el espectador medio”, como alguien que sólo es visto como un perfil de mercado: padre de ‘2,algo’ niños, con ‘1,algo’ coches… ¿Deberíamos los periodistas escribir bajo la premisa de “que se joda el lector medio”?

La televisión generalista depende fundamentalmente de la publicidad, del número de globos oculares que ven los programas. Así que no puedes ofender a nadie ni hacer nada demasiado complicado, pues debes mantener a todo el mundo mirando, incluso a la gente que está habitualmente distraida, aburrida o que es simplemente estúpida. La necesitas, porque la publicidad necesita a 10 ó 20 millones de personas viendo el programa y los 30 segundos de anuncio. Esta era la estructura económica de la televisión hasta que llegó el cable. Y sólo entonces pudimos saltarnos estas normas al escribir. “Mire, no me importa si confundo a algunos espectadores. Si no pueden seguirlo, que se jodan”. Tú puedes decir eso ahora, contar una historia con sentido y sobrevivir.

Y esto es análogo a lo que sucede en los periódicos, aunque ellos hicieron el camino contrario. Mucho antes de Internet, empezaron a recortar su producto, a hacerlo más magro, más simple y con menos matices. Se deshicieron de los reporteros experimentados y contrataron chavales que no tenían experiencia en la ciudad. Y ahora están desesperados y no se atreven a cobrar por lo que ofrecen.

La televisión hizo lo contrario. Antes había cuatro canales y nadie pagaba por ellos, así que una vez que comprabas el televisor, toda la programación era gratis. Ahora, millones de estadounidenses pagan 40, 50, 70 ó 100 dólares al mes para tener 120 canales o más. La televisión extendió su oferta: canales completos dedicados a deportes, al tiempo, a la mujer, a las series. Ofreció más y cobró más, pasando de ser un servicio gratuito a ser un servicio de pago.

La gente me dice “Nadie nunca pagará por los periódicos, cuando puede conseguirlos gratis”. Pero es que nadie pagaría por la mierda de ahora. ¿Qué habría pasado si en lugar de que los periódicos hubieran sido vendidos y recortados, se hubieran hecho más esenciales, más viables, más sutiles? ¿Que habría pasado si no pudieras entender tu ciudad, o el mundo, sin leer el periódico por la mañana? Hicieron lo contrario. La transición de la televisión al cable es análoga a lo que podría haber pasado con los periódicos en el viaje a Internet.

El de periodista es el trabajo que usted siempre quiso hacer. ¿Tiene previsto volver al periodismo en un futuro cercano?

No hay periodismo al que volver. Supongo que en algún momento me cansaré de hacer televisión, y parece que será pronto. HBO me ha permitido hacer lo que quería y seguro que seguiré haciéndolo por un tiempo. Pero si volviera al periodismo sería a un sitio web, en un nuevo periodismo emergente que pague a los profesionales por su trabajo. Creo que me corté un brazo después de los recortes de 1995 y el Baltimore Sun nunca será lo que ayudé a que fuera. En aquel momento no pensé que fuera a derrumbarse tan rápido. Creía que esta gente estaba recortando lo que no debía, pero nunca pensé que llegaría a recortar dos terceras partes de la redacción.

Cuando empezó Internet, recuerdo que uno podía leer 175 artículos completos sin pagar nada. Y paso 2000, y pasó 2001…y seguía igual. Y es insostenible. Si no tienes un producto por el que puedas cobrar, no tienes un producto, es algo que sabe cualquier universitario. Pero los periódicos creyeron que éste era el modelo que funcionaba. Hay que buscar mucho en la historia de la industria para encontrar este nivel de mala gestión de un producto.

¿Ha pensado en hacer una serie como ‘The Wire’ dedicada exclusivamente al periodismo, o en la quinta temporada de esta serie explicó todo lo que quería explicar sobre este asunto?

La quinta temporada explicaba básicamente todo lo que quería explicar, que era que la gente que lleva los periódicos ya no respeta su propio producto ni las comunidades que supuestamente debe cubrir. Ellos han venido a valorar su propia importancia sobre el trabajo, a dominar la cultura del precio, así que son cada vez menos esenciales para sus ciudades. Queríamos dar a entender que el periódico se perdió todas las historias importantes: el alcalde que hace trampas con el presupuesto, con las pruebas escolares, que manipula las cifras de delitos, que oculta las guerras de la droga…. ¿Ha visto usted las cuatro temporadas previas de ‘The Wire’?

Sí.

Pues todas y cada una de las historias importantes que aparecen en la serie no fueron apenas cubiertas por los periódicos, porque eran demasiado débiles para hacerlo adecuadamente. Si alguien que viera la serie creyera que eso no puede suceder porque el perro guardian habría ladrado, que sepa que el perro guardían ya no tiene dientes. Y esto es lo que queríamos explicar en The Wire.

Si Internet hubiera estado más extendida cuando hicimos la serie, habría hecho los recortes más dramáticos en el primer episodio. Y si la hubiera hecho ahora, habría añadido otra ronda de recortes al final de la serie [risas].

Lo cierto es que la cuestión de espectador medio y de los recortes se la tomaron muy mal los periodistas de Estados Unidos. Porque se ven a sí mismos como víctimas de un asesinato, como gente que hacía su trabajo, que cubría el mundo y… “la tecnología cambió. No fue nuestro fallo, la tecnología cambió y es algo que no podemos controlar”. Gilipolleces. Esta no es la historia del que construía carrozas hasta que apareció el automóvil. No es la analogía más honesta. La verdad es que se supone que debes elaborar información precisa y de calidad sobre el mundo. Y llega Internet. El sistema de distribución cambia pero tu producto sigue siendo el mismo. Si te hubieras dedicado a hacer tu producto mejor, podrías cobrar por él en el nuevo sistema de distribución, que podría ser el centro de una fuente de ingresos. Pero en los diez años previos, destripaste tu producto porque no lo respetabas, siguiendo los consejos de Wall Street. Esto es algo que los periodistas no queremos escuchar. Preferimos pensar que fuimos asesinados, antes que complices de nuestro propio fracaso.

Por cierto, ¿de verdad escuchó a un editor hablar de “periodismo dickensiano”?

Sí, mi editor me dijo que quería que hiciera “periodismo dickensiano”. Se llamaba John Carroll y cuando llegó al periódico lo respetaba mucho pues había escuchado muy buenas cosas sobre él. Todos estabamos muy emocionados en su llegada a The Baltimore Sun. Cuando me fui del periódico, estaba completamente desilusionado, porque él no valoraba ninguna de las cosas que yo valoraba en el periodismo. Y acabamos en muy malos términos. Una vez vino y me dijo que quería “historias dickensianas” de la ciudad. Se refería a pilluelos de la calle que no hubieran cometido un pecado todavía. Que no tuvieran lápices ni libros de texto y vivieran en la pobreza. “Traeme una foto de pobres chicos tristes que no hayan sido tratados justamente, porque yo puedo vender eso”. Era un hombre que se levantaba todos los días preguntándose cómo llegar al premio Pultizer. Como se medía a sí mismo era como medía al periódico. Y al final tuvo que retractarse porque le pillaron tres veces inventándose historias. Tres veces. No me refiero a correcciones, sino a tres invenciones seguidas. Y cada vez John las tapó. Y al final, cuando ya no estaba en el periódico lo dije bien alto, y no hemos vuelto a hablar desde entonces. Pero sí, la cita dickensiana era suya.

Me molestó porque para mí la historia más interesante no es la del pilluelo de la calle que tiene ocho años, que es totalmente comprensible que pueda dar para más de una historia y hacer sentir culpable a la gente. La historia más interesante es la del chaval de 16 años que está en una esquina vendiendo droga porque ahí es donde están las otras opciones de la sociedad y la economía americana. Desafortunadamente, tiene 16 años, así que no es tan mono, tiene una pistola escondida en los pantalones y es capaz de provocar mucha más violencia. Es una visión mucho más ambivalente del problema y requiere que los espectadores piensen con la cabeza y no sólo con el corazón. Y a John no le interesaba esto. Era muy complicado para él y no veía que fuera a obtener un premio.

Soy reacio al desprecio hacia él, porque al principio pensé que era un tipo con buena reputación y que el periódico mejoraría con él. Pero estaba mal informado.

¿Cree que tendremos mejor información en el futuro, que el buen periodismo prevalecerá?

Sí, pero sólo cuando el periodismo resuelva el problema de sus fuentes de ingresos. Internet fue hecho para pagar y financiará el periodismo profesional. No me refiero a blogueros, sino a reporteros y editores profesionales. Y será financiado, tal vez por instituciones sin ánimo de lucro, que sería lo más recomendable, tal vez por compañías que inviertan el dinero en la calidad antes de coger los beneficios. En cualquier caso, cuando los dinosaurios de la industria dejen camino, las cosas cambiarán.

Internet es más rápido, más limpio y más barato y cuando se use adecuadamente permitirá el renacimiento del periodismo. Pero tenemos que pagar por él. No mucho, sólo un poco cada mes, igual que pagamos la factura del cable o del teléfono móvil. Alguien llegará y dirá: “¿Sabe qué? Si podemos contar a la gente lo que sucede en Baltimore, en San Luis, en San José o en cualquier otro lugar del mundo donde la gente quiera saber qué está pasando en su comunidad, en su ayuntamiento o en el cuartel de la policía, deberíamos hacerlo. Tal vez no sean el cuarto de millón o el medio millón que leen los periódicos, sino sólo 80.000 personas. Pero si estás 80.000 personas pagan 10 dólares al mes, es suficiente para mantener una redacción completa”. Es más que el presupuesto de la redacción del Baltimore Sun. Alguien se dará cuenta de cómo hacerlo y eso será el principio, el renacimiento del periodismo.

Pero cuando suceda no será amateur. No séra un bloguero pensando si llama a alguien de la comisaría o decidiendo si comenta la noticia de un periódico. Será un tipo que vaya todos los días a cubrir una institución, mantenga fuentes y averigüe quién roba y quién no roba, quién es honesto y quién no lo es, y lo cuente como un profesional. Porque ese producto todavía tiene sentido, es viable y en algún momento alguien lo necesitará, pero los periódicos lo han olvidado.

domingo, 6 de junio de 2010

Disección de un Desastre



Por Gustavo Gorriti

Estuve buscando frases lúcidas sobre la derrota, dado que ese es un concepto importante en nuestro país. Encontré varias notables, pero sin aplicación a los eventos de junio en el Perú.

“¿Qué es la derrota? Nada, excepto educación; nada, excepto el primer paso hacia algo mejor”. La frase es de Wendell Phillips, el famoso orador abolicionista bostoniano del siglo XIX. Hay muchas reflexiones parecidas: la derrota como capítulo de un empeño, como contraste de una arrojada empresa.

Asumida con entereza y con honestidad, la derrota enseña y en ocasiones fortalece. Como escribió el gran Michel de Montaigne, “hay derrotas más triunfantes que las victorias”.

Convertir el contraste en triunfo supone, como queda dicho, no solo el valor y la honestidad sino la persistencia en la empresa. En la historia de nuestro país, la derrota ha sido en cambio conformadora de nuestra identidad. La derrota se ha categorizado según su nobleza, y la de nuestros grandes héroes (como lo escribió en esta revista Antonio Zapata) es una sin esperanza de trasmutación en victoria. Es el sacrificio como reivindicación de los demás; la inmolación antes que la rendición, para entregar una referencia de dignidad que dé estructura a la nación.

Las derrotas redentoras de nuestros héroes no tuvieron, por cierto, otro valor pragmático que su legado moral. Sus enseñanzas póstumas, por eso, son lo suficientemente complejas y dolorosas como para evitar, por lo general, contemplarlas.

Ambas formas de derrota: la del contraste que enseña, forja y lleva al triunfo, y la de la lúcida desesperanza que escoge el sacrificio para legar honor a la nación, implican honestidad, entereza y una trascendente responsabilidad.

Si, en cambio, activamos el microscopio para examinar la reacción de los principales protagonistas y responsables políticos de los sucesos de Bagua, se verá un juego inverso de las sillas musicales, donde todos corren alrededor de esas sillas tratando de no sentarse, de quedar paraditos y de sentar a otro, en un juego de fuga hacia adelante.

Estaba viendo en el programa la Hora N, las intervenciones de la ministra Mercedes Cabanillas y los generales PNP Muguruza y Uribe (faltó Garavito, de paso), unidos los tres en el propósito de descargar de sí toda la responsabilidad posible, cuando me llamó una fuente con conocimiento de la forma de pensar del Comando Conjunto.

Es cierto, me dijo la fuente, que la ministra Cabanillas acudió al Comando Conjunto pidiendo apoyo de la Fuerza Armada para asegurar el desbloqueo de Bagua. Pero, añadió, ella estuvo en el Comando Conjunto el día anterior al operativo de desalojo.

Se acordó entonces, siempre según la fuente, que la Fuerza Armada iba a apoyar y respaldar a la PNP no solo en Bagua sino sobre todo en las subestaciones de bombeo del oleoducto, entre las cuales la hoy trágica subestación seis. La operación suponía trasladar tropa desde la costa, para no forzar a los reclutas de la zona (buena parte de los cuales son nativos awajún) a intervenir en su propio territorio. Pero, añadió, el traslado no pudo hacerse a tiempo por falta de baliza en la pista de aterrizaje a la que iba a llegar la tropa. Y el operativo de desalojo se inició sin esperar a que el despliegue de tropa estuviera completo.

Lo que es peor, siempre según la fuente, es que el general EP Raúl Silva Alván, jefe de la sexta brigada de selva, principal jefe militar en la zona, no fue informado sobre el inminente inicio del operativo de desbloqueo y, en consecuencia, no pudo organizar medidas preventivas o de contingencia.

Al escuchar los intentos de explicación de la ministra Cabanillas y los generales Muguruza y Uribe sobre el desastre operativo (porque, ¿de qué otra forma se puede calificar una operación de desbloqueo de carretera, en la que no debió haber habido víctimas, pero que terminó con 34 víctimas mortales y decenas de heridos?), surgían las preguntas:

- Si se envió una vanguardia para tomar la colina en la madrugada, ¿por qué no hubo comunicación con el grueso de la fuerza? ¿Tenían radios o no? Si no los tenían, como todo indica fue el caso; y si los celulares –inadecuados para la necesidad de comunicaciones fáciles, rápidas y con varios destinatarios simultáneos– no funcionaban bien en ese lugar, ¿por qué no se tuvo siquiera a enlaces o mensajeros que mantuvieran el contacto con la fuerza principal?

- ¿Por qué la tropa que iba a hacer el despeje no llevó el equipamiento adecuado para la misión? Las varas y los gases eran insuficientes, pero los fusiles eran del todo excesivos. Eso lo sabían bien tanto Muguruza como Uribe y Garavito. Después de Pómac, debe haber algunos francotiradores policiales con fusiles, que puedan neutralizar a gente armada. Pero deben ser pocos y muy bien entrenados.

- ¿Por qué no se avisó a la guarnición policial en la subestación 6 que se iba a realizar el operativo para que pudieran prepararse y decidir entre defender la subestación o evacuarla y encaminarse al cuartel cercano del Ejército? ¿Por qué se inició el operativo sin alertarlos? Muguruza y Uribe sabían muy bien que el grupo de Montenegro acababa de relevar a otro que ya había estado en una situación de semi-rehén. El nuevo contingente entró en la misma situación. Su vulnerabilidad era evidente. ¿Cómo no se tuvo eso en cuenta? ¿Por qué?

-¿Por qué el comandante Del Carpio no pudo acudir en auxilio del mayor Bazán si, como indicaron, éste solo se adelantó unos veinte metros? ¿Y por qué demoró tanto el grueso de la fuerza en apoyar a esa vanguardia aislada y diezmada?

- ¿Por qué no se encuentra hasta ahora al mayor Bazán, o sus restos?

Estas son apenas algunas de las preguntas que los jefes operativos deberían contestar. No son preguntas ociosas. Hubo un cúmulo de decisiones –que, en parte rastrean estas preguntas– que llevaron a la desastrosa tragedia de la Curva del Diablo.

Junto con las responsabilidades operacionales están las políticas. La ministra Mercedes Cabanillas ha hecho un cuadro penoso en el intento de eludir esa responsabilidad. Lo único que queda por decirle es que antes de insultar su propia inteligencia, asuma la situación y proceda en consecuencia. Será mejor para todos, y para ella también.

Lo más triste de todo es que fue por gusto. El conflicto pudo haberse solucionado sin violencia, en los términos actuales, sin haber tenido que llegar a una crisis de gobierno, un peligro de sistema, un gabinete incinerado y un premier que al solucionar la crisis con una rendición política, amaina la tormenta al costo de un gran debilitamiento de gobierno.

Eso nos hace daño a todos. Este es un gobierno que ha cometido graves errores, bajo la conducción directa de Alan García. Ahora paga el precio en el inevitable pero debilitante retroceso. Lo peor es que lo hace sin ninguna claridad autocrítica. El único que parece verlo ahora (un tanto tarde) es Yehude Simon, y él ya se va.

Dicho esto, hay que tener presente que no solo se debilita el gobierno sino el sistema. Y está claro que hay quienes intentan ahora derrocar al gobierno y al sistema democrático. Críticas e indignación aparte, nos corresponde evitar eso a todos los que hemos luchado y defendido la democracia. Por más que uno se oponga al gobierno, hay que defender el sistema.

Tenemos elecciones generales el 2011. Hasta entonces tendremos el presidente elegido el 2006. Y como sociedad debemos estar alertas frente a los intentos de asonada del gorila de Caracas y sus piquichones vecinales. Toda la oposición necesaria, pero toda la lealtad al sistema.

Publicado en Caretas

jueves, 28 de enero de 2010

ESTE SÁNDWICH NO TIENE MAYONESA



Por J. D Salinger

Voy en un camión, sentado en una de las paredes del acoplado, tratando de escapar de esta loca lluvia de Georgia, esperando que llegue el Teniente de Servicios Especiales, esperando cobrar. Tengo pensado hacer dinero de acá a unos minutos. Hay treinta y cuatro hombres en este vehículo y sólo treinta de ellos se supone que deban ir a bailar. Cuatro deben irse. Planeo apuñalar a los cuatro primeros a mi derecha, al tiempo que canto con todo lo que me da la voz “Off We Go Into The Wild Blue Gonder”, ahogando sus tontos lamentos. Luego escogeré a otros dos (preferentemente graduados universitarios) para empujarlos a la húmeda y roja arcilla de Georgia, fuera de este vehículo. Quizás valga la pena olvidar que soy uno de los Diez Hombres Más Rudos que alguna vez se hayan metido en este acoplado. Podría machacar a los gemelos Bobbsey. Cuatro deben irse. Fuera del camión homónimo… Choose yo’ pahtnuhs for the Virgina Reel!

Y la lluvia sobre la lona cae más fuerte que nunca. No es mi amiga. No es amiga mía ni de estas personas (cuatro de ellos deben irse). Tal vez es amiga de Katharine Hepburn o de Sarah Palfrey Fabyan o de Tom Heeney, o de todos los firmes fanáticos de Creer Garson que esperan en fila en el Radio City Music Hall. Pero no es mi compinche, esta lluvia. No es compinche tampoco de los otros treinta y tres hombres (Cuatro de ellos deben irse).

El tipo de la cabina me grita otra vez.

“¿Qué?” digo. No puedo oírlo. La lluvia sobre la lona me mata. Ni siquiera quiero oírlo.

Dice por tercera vez, “¡Bajemos a la carretera! ¡Que venga las mujeres!”

“Tengo que esperar al Teniente,” le digo. Siento que mi codo se moja y lo meto dentro, fuera del aguacero. ¿Quién se robó mi impermeable? Con todas mis cartas en el bolsillo izquierdo. Mis cartas de Red, de Phoebe, de Holden. Cartas de Holden. Ah, escuchen, no me importa que se roben mi impermeable, pero ¿por qué robarme las cartas? Él sólo tiene diecinueve años, mi hermano, y las drogas no bajan ni una mísera su humor, lo matan con sarcasmo, y no puede hacer nada más que escuchar frenéticamente al descalibrado aparatito que lleva en su corazón. Mi hermano perdido en acción. ¿Por qué no dejan los impermeables en paz?

Tengo que dejar de pensar en ello. Pensar en algo agradable, como el viejo cascarrabias de Vincent. Pensar en este camión. Hacerme creer que no es el más oscuro, húmedo y miserable camión del Ejército en el que haya viajado alguna vez. Este camión, debes hacerte creer, está lleno de rosas y rubias y vitaminas. Es un camión verdaderamente lindo. Es un camión formidable. Eres afortunado de estar aquí esta noche. Cuando vuelvas del baile –¡Choose yo’ pahnuhs, folks!- podrás escribir un poema inmortal acerca de este camión. Es un poema en potencia. Puedes llamarlo “Camiones en los que he viajado,” o “Guerra y Paz,” o “Este sándwich no tiene mayonesa”. Hazlo simple. Ah, escucha. Escucha, la lluvia. Es el noveno día desde que empezó a llover. ¿Cómo puedes hacerme esto a mí y los treinta y tres hombres (cuatro de ellos deben irse)? Déjanos solos. Deja de hacernos sentir pegajosos y desolados.

Alguien me habla. El hombre dentro del radio de mi navaja. (Cuatro deben irse.) “¿Qué?” le digo.

“¿De dónde eres, Sarg?” Me pregunta el muchacho. “Te estás mojando el brazo.”

Lo meto nuevamente adentro. “New York,” le respondo.

“Yo también. ¿De qué parte?”

“Manhattan. A algunas calles del Museo de Arte.”

“Yo vivo en Valentine Avenue,” dice el muchacho. “¿Sabes dónde es?

“En el Bronx, ¿no?”

“Nah, Cerca del Bronx. Cerca del Bronx, pero no ahí. Es aún Manhattan.”

Cerca del Bronx, pero no ahí. Recordemos esto. No vayas por ahí diciéndole a la gente que vives en el Bronx cuando no viven allí, viven en Manhattan. Usemos la cabeza, amigos. Bailemos un rato.

“¿Cuánto hace que estás en el Ejército?” le pregunto. Es un soldado raso. Es el soldado raso más empapado que he visto en el Ejército.

“Cuatro meses. Me envían al Sur y luego me embarco a Mee-ami. ¿Has estado en Mee-ami?”

“No,” miento. “¿Hay alguno bueno allí?”

“¿Algo bueno?” y codea al tipo a su derecha. “Dile, Fergie.”

“¿Qué?” dice Fergie, empapado, congelado y nauseabundo.

“Cuéntale al Sargento acerca de Mee-ami. Quiere saber si hay algo bueno o no. Dile.”

Fergie me mira. “¿Nunca ha estado allí, Sargento?” – Pobre y miseable proyecto de Sargento.

“No. ¿Se está bien allí?” me las apaño para preguntar.

“¡Qué ciudad!” dice Fergie suavemente. “Puedes conseguir todo lo que quieres allí. Te puedes divertir de verdad. Digo, realmente la puedes pasar bien. No como en este agujero. Aquí no puedes pasarla bien ni intentándolo.”

“Vivíamos en un hotel,” dice el muchacho de Valentine Avenue. “Antes de la guerra se pagaba cinco o seis dólares al día por un habitación en ese lugar. Una habitación.”

“Duchas,” dice Fergie con el tono agrio que Abelardo, durante sus últimos años, debe haber usado para describir el picaporte de Eloisa.

“Estábamos todo el tiempo limpios como niños. Allí tenías cuatro tipos en una habitación y duchas en el vestíbulo. El jabón del hotel era gratis. Cualquier tipo de jabón. No sólo el barato.”

“¿Estás vivo, no?” el tipo enfrente de mí le grita a Fergie. No puedo verle la cara.

Fergie está más allá de todo. “Duchas,” repìte. “Me duchaba dos o tres veces al día”

“Yo solía ser vendedor allí,” anunció un tipo en mitad del camión. Apenas puedo ver su cara en la oscuridad. “Memphis y Dallas son las mejores ciudades del Sur. Les juro. En el invierno Miami se llena de gente. Puede volverte loco. En los lugares adonde vale la pena ir, difícilmente puede conseguir algo.”

“No estaba atestado de gente cuando estuvimos allí, ¿no es cierto, Fergie?” pregunta el chico de Valentine Avenue.

Fergie no respondió. No participa como nosotros en la charla. No se presta a ello.

El hombre al que le gusta Memphis y Dallas piensa igual también. Le dice a Fergie, “estando por aquí, eres afortunado si consigues ducharte una vez por día. Estoy en una nueva área del Oeste. Aún no construyeron las duchas.”

A Fergie no le interesa. La comparación no es acertada. La comparación, debo decirte, apesta, Mac.

Del frente del camión llega una dinámica e irrefutable observación: “No hay vuelos otra vez esta noche. Los cadetes no volarán nuevamente esta noche, ¿está bien? El octavo día no hay vuelos nocturnos.”

Fergie mira, con un mínimo de energía. “Apenas he visto un avión desde que estoy por aquí. Mi esposa piensa que estoy volando como un loco. Me escribe y me dice que debería salirme del Cuerpo Aéreo. Me cree en un B-17 o algo así. Lee acerca Clark Gable y me cree un francotirador o algo que tenga que ver con las bombas. No tengo alma para decirle que no hago absolutamente nada.”

“¿Cómo nada?” dice Memphis y Dallas, interesado.

“Nada. Nada que sea necesario.” Fergie se olvida de Mee-ami por un minuto y le echa a Memphis y Dallas una mirada fulminante.

“Oh,” dice Memphis y Dallas, pero antes de que pueda continuar, Fergie se da vuelta y me dice, “debería ver esas duchas en Mee-ami, Sarg. No es broma. No tendría ya ganas de meterse en su propia bañadera otra vez.” Y vuelve a apartar la mirada y a perder interés en mi cara –lo cual es siempre comprensible.

Memphis y Dallas se asoma ansiosamente, dirigiéndose a Fergie. “Te podría llevar a dar un paseo,” le dice. “Trabajo con la Aduana. Los tenientes de aquí atraviesan el país en menos de un mes y no muchas veces llevan a alguien en la parte de atrás. Estuve allí muchas veces. Maxwell Field. En todas partes.” Señala con el dedo a Fergie, como si lo acusara de algo. “Oye. Si quieres ir alguna vez, llámame. Llama a la Aduana y pregunta por mí. Portner es mi nombre.”

Fergie parece flemáticamente interesado. “¿Sí? Que pregunte por Portner, ¿eh? ¿Eres cabo o algo así?”

“Soldado raso,” dice Portner fría y escuetamente.

“Muchacho,” dice el chico de Valentine Avenue, mirando detrás de mí, la abundante oscuridad. “Mira, asómate.”

¿Dónde está mi hermano? ¿Dónde está mi hermano Holden? ¿De qué se trata esto de “desaparecer en acción”? No me lo creo. No lo entiendo. No lo creo. El Gobierno de Estados Unidos miente. El Gobierno me miente a mí y a mi familia.

Nunca escuché mentiras tan jodidas.

Por qué; volvió de la guerra en Europa sin apenas un rasguño, todos lo vimos embarcarse en el Pacífico el último verano –y se veía bien.

Desaparecido.

Desaparecido, desaparecido, desaparecido. ¡Mentira! A mí también me mintieron. Nunca antes estuvo desaparecido. Es la última persona que podría perderse en este mundo. Está aquí, en este camión; en casa, en New York; está en la Preparatoria Pentey[1] (“Deberían enviarnos a ese muchacho. Lo moldearemos. Haremos de él un Hombre, con todas las pruebas de fuego que tenemos…”); sí, está en Pentey, nunca dejó la escuela; está en Cape Cod, sentado en el porche, mordiéndose las uñas; está jugando dobles conmigo, gritándome que me quede en la base mientras el está en el campo. ¡Desaparecido! ¿Eso es estar desaparecido? ¿Por qué mentir en algo tan importante? ¿Cómo es que el Gobierno puede hacer algo así? ¿Cómo pueden deshacerse de ello diciendo mentiras de este tipo?

“Hey, Sarg,” me grita el tipo de la cabina. “¡Bajemos a la carretera! ¡Que vengan las mujeres!”

“¿Cómo son esas mujeres, Sarg? ¿Son bonitas?”

“La verdad es que no sé lo que pasa esta noche,” digo. “Generalmente, sí, son bonitas.” Sólo por decir ya que, en otras palabras, decir generalmente es sólo un decir. Todos ponen mucho empeño. Todos están allí para lanzarse. Las chicas te preguntan de dónde vienes, les dicen de dónde, y ellas repiten el nombre de la ciudad, poniendo un signo de exclamación al final de la frase. Luego te cuentan sobre Douglas Smith, Cabo, AUS. Vive en New York, ¿lo conoces? No le crees y le hablas de lo maravilloso que es New York. Y sólo porque no quieres que Helen se case con un soldado y espere por un año o seis, sales y bailas con la extraña que dice conocer a Douglas Smith, la extraña chica llamativa que dice haber leído cada línea que ha escrito Lloyd C. Douglas. Mientras bailas y la banda toca, piensas en todo excepto en la música y en bailar. Te preguntas si tu hermanita Phoebe recuerda sacar a pasar el perro todos los días, si recuerda no joder con el collar de Joey – algún día esta niña matará al perro.

“Nunca ví una lluvia con ésta,” dice el muchacho de Valentine Avenue. “¿Habías visto algo así, Fergie?”

“¿Algo como qué?”

“Una lluvia así.”

“Nah.”

“¡Bajemos a la carretera! ¡Que vengan las damas!” dice el tipo ruido inclinándose hacia delante y veo su cara. Es igual que cualquiera de los que está en el camión. Luce igual.

“¿Cómo es el Teniente, Sarg?” dice el chico de que vive cerca del Bronx.

“No lo sé verdaderamente,” digo. “Entró al campo hace sólo algunos días. Sé que vivía cerca de aquí cuando era un civil.”

“¡Qué bueno! Vivir cerca de donde estás,” dice el chico de Valentine Avenue. “Ojalá yo estuviera en Mitchel. A sólo una media hora de casa.”

Campo Mitchel. Long Island. ¿Qué podríamos decir de aquel sábado de verano en Port Washington? Red me lo dijo. No va molestarte ir a la Feria. Es muy bonita. Fue cuando me apegué a Phoebe, ella estaba con una niña que se llamaba Minerva (lo cual me mataba), y las metí a ambas en el auto y luego busqué a Holden. No podía encontrarlo. De modo que Phoebe, Minerva y yo nos fuimos sin él… En la Feria estuvimos en la exhibición de teléfonos de Bell y le dije a Phoebe que aquel teléfono servía para llamar al autor de los libros de Elsie Fairfield. Y Phoebe, sacudiéndose como de costumbre, tomó el teléfono, tembló un poco y dijo Hola, Soy Phoebe Caufield, estoy en la Feria de los Mundos. Leí tus libros y creo que son excelentes. Mi madre y mi padre actúan en “Death Takes a Holiday in Great Neck”. Vamos a nadar muy a menudo, pero el océano es mucho mejor en Cape Cod. ¡Adiós!… Y luego, salimos del edificio y allí estaba Holden, con Hart y Kirky Morris. Tenía puesta una camisa de felpa. Ningún abrigo. Se acercó y le pidió a Phoebe un autógrafo y ella lo apretó contra si, feliz de verlo, feliz de ver a su hermano. Luego él me dijo, Vayámonos de toda esta basura educativa, vayamos a las carreras o algo así. No soporto todo esto… Y ahora intentan decirme que está desaparecido. Desaparecido. ¿Quién está desaparecido? No él. Está en la Feria de los Mundos. Sé dónde hallarlo. Sé exactamente donde está. Phoebe también lo sabe. Lo sabría en un solo segundo. ¿Qué es todo esto de la desaparición?

“¿Cuánto te lleva llegar desde tu casa hasta la calle Cuarenta y Dos?” le preguntó Fergie al chico de Valentine Avenue.

Valentine Avenue lo pensó, algo emocionado. “Desde mi casa,” informó intensamente, “hasta el Paramount Theather te toma exactamente cuarenta y cinco minutos en metro. Casi gano dos billetes apostándole a mi chica acerca de eso. Nunca tomaría su dinero.”

El hombre al que le gusta Memphis y Dallas más que Miami habló: “Espero que las chicas de esta noche no sean cobardes. Digo, niñas. Siempre me miran como a un viejo cuando son cobardes.”

“Procuraré no transpirar demasiado,” dijo Fergie. “Hace mucho calor en los bailes de por aquí. A las mujeres no les gustan si transpiras mucho. Ni siquiera a mi esposa le gusta. Pero está bien si ella transpira – ¡Es diferente!… Mujeres. Te vuelven loco.”

Estalló un colosal trueno. Todos saltamos –yo casi me caigo del camión. Me hago a un lado y el muchacho de Valentine Avenue se apreta contra Fergie para hacerme un lugar… Desde el frente del camión oímos una voz de fuerte acento sureño:

“¿Han estado en Atlanta?”

Todos esperan que truene una vez más. Yo respondo. “No,” digo.

“Altlanta es una buena ciudad.”

De pornto el Teniente de Servicios Especiales aparece salido de la nada, empapadísimo, con la cabeza asomada dentro del camión. – cuatro de estos hombres deben irse. Lleva puesta una de esas viseras con cubierta de hule; es como la vesícula de un unicornio. La cara completamente mojada. Es joven y pequeño, aún poco seguro para este nuevo comando al que el Gobierno le asignó. Se fija allí donde deberían estar las tiras de las mangas de mi impermeable robado (con todas mi cartas).

“¿Viene por un relevo aquí, Sargento?”

Wow. Choose yo’ pahtnuhs…

“Sí, señor.”

“¿Cuántos hombres hay aquí?”

“Habría que volverlos a contar, señor.” Me doy vuelta y digo, “Bien, todos los hombres con fósforos en las manos; enciéndanlos –quiero contar sus cabezas.” Y cuatro o cinco de ellos se las arreglan para encender fósforos simultáneamente. Finjo contar sus cabezas. “Treinta y cuatro incluyéndome, señor,” le dijo finalmente.

El joven Teniente sacudió su cabeza bajo la lluvia. “Demasiados,” me informa –y yo intento verme como muy estúpido. “He llamado a cada ordenanza,” revela a mi favor, “y di orden de que irían sólo cinco hombres por escuadrón.” (Pienso en la gravedad de la situación por primera vez. Debería sugerir que liquidemos a cuatro de ellos. Debería pedir muy detalladamente hombres experimentados en liquidar gente que quiere ir a bailar.)… El teniente me pregunta, “¿Conoce a Miss Jackson, Sargento?”

“Sé quien es,” le digo mientras escucha sin pitar su cigarrillo.

“Bien, Miss Jackson me llamó esta mañana y pidió solamente treinta hombres. Temo, Sargento, que vamos a tener que pedirle a cuatro hombres que vuelvan a sus áreas.” Deja de mirarme, mira dentro del camión, estableciendo una neutralidad entre él y la empapada oscuridad. “No me interesa cómo lo haga,” dice, frente al camión, “pero debe hacerlo.”

Cruzó mi mirada hacia los hombres. “¿Cuántos de ustedes no firmaron para ir al baile?”

“A mí no me mire,” dice Valentine Avenue. “Yo firmé.”

“¿Quién no firmó?” digo. “¿Quién está aquí sólo porque se enteró del baile?” – Eso fue bueno, Sargento. Sigue así.

“Hágalo fácil, Sargento,” me dice el teniente, asomando la cabeza al camión.

“Vamos, ya. ¿Quién no firmó?” –Vamos, ya. Quién no firmó. Nunca en la vida escuché una pregunta tan burda.

“Todos firmamos, Sarg,” dice Valentine Avenue. “Alrededor de unos siete hombres firmaron en mi escuadrón.”

Perfecto. Seré brillante. Les ofreceré una linda alternativa.

“¿Quién prefiere salir en una película sobre el Campo a ir al baile?”

Ninguna respuesta.

Respuesta.

Silenciosamente, Portner (el tipo Memphis-Dallas) se levanta y enfila para salirse. El resto le abre paso para dejarlo salir. Yo también me muevo a un costado… Ninguno de nosotros le dice a Portner, mientras pasa, lo importante y relevante que es.

Más respuesta… “Uno más,” dice Fergie, levantándose. “Así que parece que los casados escribirán cartas esta noche.” Y salta del camión rápidamente.

Espero. Todos esperamos. Nadie más se adelanta. “Dos más,” carraspeo. Los acosaré. Los acosaré porque odio sus agallas. Son insufriblemente estúpidos. ¿Qué les pasa? ¿Creen que será la noche de su vida en ese tonto baile? ¿Creen que van a escuchar un maravilloso trompetista tocando “Marie”? ¿Qué sucede con estos idiotas? ¿Qué sucede conmigo? ¿Por qué quiero que se vayan? ¿Por qué de alguna manera también quiero irme yo? ¡De alguna manera! Vaya broma. Te mueres por irte, Caufield…

“Bien,” digo fríamente. “Los dos últimos a la izquierda. Vamos, fuera. No sé quienes son,” – No sé quienes son.- ¡Uff!

El tipo ruidoso, el que me gritaba para que la fiesta empezara en la carretera, sale. Había olvidado que estaba allí. Pero desaparece confusamente en la negra tormenta india. Le sigue, al menos tentativamente, un tipo pequeño- un muchacho, puedo verlo en la claridad.

Con el sombrero marino puesto, encorvado y cojeando, empapado, sus ojos fijos en el Teniente, el muchacho espera bajo la lluvia – como si hubiera tenido orden de ello. Es muy joven, probablemente dieciocho años, y no parece ser alguien que se pondría a discutir y a discutir en una tormenta así. Lo miro fijamente y el Teniente se da vuelta y lo mira también.

“Yo estaba en la lista. Firmé cuando la clavaron en la pared. Justo luego de que clavaran la lista.”

“Lo siento, soldado,” dice el Teniente, – “¿Listo, Sargento?”

“Puede preguntarle a Ostrander,” le dijo el muchacho al Teniente y metió nuevamente la cabeza en el camión. “Hey, Ostrander. ¿No fui yo el primero que firmó?”

La lluvia parece caer más fuerte que nunca. El muchacho que quiere ir al baile se empieza a empapar. Saco una mano y lo tomo del cuello del impermeable.

“¿No fui el primero que firmó la lista?” le grita el muchacho a Ostrander.

“¿Qué lista?” dice Ostrander.

“¡La lista de lo que querían ir a bailar!” grita el muchacho.

“Oh,” dice Ostrander. “¿Qué pasa con la lista? Yo estaba en ella.”

Oh, Ostrander, qué pesado.

“¿No era yo el primero en la lista?” dice el muchacho con la voz rota.

“No lo sé,” dice Ostrander. “¿Cómo podría saberlo?”

El muchacho se vuelve bruscamente hacia el Teniente.

“Yo era el primero en la lista, señor. En serio. Ese tipo del escuadrón – el extranjero que trabaja en limpieza- clavó la lista y yo firmé. Fui el primero.”

El Teniente dice, empapado, “Adentro. Sube al camión, muchacho.” El muchacho trepa al camión y los hombres rápidamente le hacen lugar.

El Teniente se vuelve hacia mí y me pregunta, “Sargento, ¿dónde puedo encontrar un teléfono por aquí?”

“A ver, en el puesto de Ingeniería, señor. Le mostraré.”

Cruzamos por entre los ríos de lodo que se habían formado alrededor del puesto de Ingeniería.

“¿Mama?” dice el Teniente en la bocina. “Estoy bien… Sí, mama. Sí, mama. Me las arreglo. Tal vez el sábado pueda salirme, eso dijeron. Mama, ¿está Sarah Jane allí?… Bueno, ¿me dejas hablar con ella?… Sí, mama. Lo haré si puedo; quizás el domingo.”

El Teniente vuelve a hablar.

“¿Sarah Jane?… Bien. Bien… Me las apaño. Le dije a mama que quizás el domingo pueda salir. –Escúchame, Sarah Jane. ¿Cómo está el auto? ¿Pudiste hacer que lo reparen? Bien, bien; es un buen precio, con todos los repuestos.” La voz del Teniente cambia. Ahora es mucho más informal. “Sarah Jane, mira. Quiero que vayas adonde Miz Jackson esta noche… Bueno, así es: tengo aquí a unos cuantos muchachos para una de sus fiestas. ¿sabes?… Sólo quiero decirte que son demasiados… Sí… Sí… Sí… Ya lo sé, Sarah Jane; sé que está lloviendo… Sí… Sí…” La voz del teniente se endurece de pronto. Dice, “no estoy pidiéndotelo, niña. Te lo estoy diciendo. Ahora, quiero que vayas adonde Miz Jackson rápidamente – ¿bien?… No me importa… Está bien. Está bien. Te veo más tarde.” Cuelga.

Empapado hasta lo huesos, los huesos de la desolación, los huesos del silencio, caminamos lentamente hacia el camión.

¿Dónde estás, Holden? No me importa esto de la desaparición. Deja de hacer tonterías. Aparece. Da la cara donde sea que estés. ¿Me escuchas? ¿Lo harías por mí? Hazlo simplemente porque yo todo lo recuerdo. Porque no puedo olvidar nada que sea bueno. De modo que escúchame. Sólo ve con algún oficial, ve donde algún G.I, y dile que estás Aquí – no desaparecido, no muerto, nada más que Aquí.

Déjate ya de joder. Deja de decirle a la gente que estás desaparecido. Deja de llevar puesta mi bata en la playa. Deja de ponerte de mi lado en la corte. Deja de silbar. Siéntate a la mesa…


Traducción: Martín Abadía

Título original: This sandwich has no mayonnaise (Esquire XXIV, Octubre de 1945)

[1] La escuela preparatoria a la que asiste Holden Caufield en The Catcher in the Rye es Pencey

jueves, 3 de diciembre de 2009

EL REY (Cuento)



Por Nilo Espinoza Haro

Sentado en un rincón lóbrego trató de responderse qué cosa exactamente lo había traído a aquellas ruinas. Por qué había venido a un lugar donde los hombres, las mujeres y los niños se disputaban a dentelladas la basura y los gatos muertos.

La oscuridad lo estaba aplastando. Entonces extendió uno de sus brazos y sintió que una rata lo mordió. Se levantó inmediatamente con el dolor recorriéndole el cuerpo. Respiró y nuevamente extendió el mismo brazo. Buscaba papeles, cartones, maderas y trapos. Los encontró y los reunió en un montón.

De su alforja sacó un par de piedras, parecidas a las que hace más de veinte años lo habían deslumbrado cuando descubrió el fuego. Las frotó y saltó una chispa que encendió el montón que había preparado.

El rincón se iluminó y allí mismo vino a su memoria un río inmenso que reflejaba el rostro de un hombre. Cerró los ojos y el rostro apareció nuevamente. Esta vez con un enorme puñal. Abrió los ojos y todo se disolvió: el río, el rostro y el puñal.

Con la luz encendida pudo ver los restos de edificios, de calles rotas y miles de vehículos destartalados e inmóviles. Pasó una mujer que le dijo algo. No la entendió. En realidad, aquel hombre jamás había hablado con nadie. Salvo con los animales, con los monos de la floresta de la que había venido impulsado por una fuerza misteriosa.

De pronto el fuego congregó a un grupo numeroso de gente desaparrada. Gente asombrada y atónita.

El fuego empezó a agonizar y aquel hombre lo revivió echando más papeles, más cartones y maderas. La gente, al ver lo que hacía, empezó a imitarlo. Trajo puertas, ventanas, maderas de todos los tamaños y el fuego se elevó hasta el cielo.

Entonces, aquel hombre empezó a mandar con gestos, como cuando lo hacía con los perros de la floresta. Cuando la gente le obedeció, cuando la gente lo hizo su conductor, recordó claramente que su padre, cuyo rostro apareció en el río de su memoria, lo había dejado en plena selva amazónica muy niño, con sólo un puñal en la mano. También recordó las palabras de su padre: “Pedro, hijo mío, vive tu vida, hazte hombre, conquista el mundo”.

Con el placer dibujado en su rostro, por fin aquel hombre supo a qué había venido a la ciudad gris, a la ciudad a la que alguna vez llamaron Lima. Donde ahora es el rey.

lunes, 2 de noviembre de 2009

EL INMORTAL (Cuento)



Por Jorge Luis Borges

Salomon saith. There is no new thing upon the earth. So that as Plato had and imagination, that all knowledge was but remembrance; so Salomon giveth his sentence, that all novelty is but oblivion. FRANCIS BACON: Essays LVIII.

En Londres, a principios del mes de junio de 1929, el anticuario Joseph Carthapilus, de Esmirna, ofreció a la princesa de Lucinge los seis volúmenes en cuarto menor (1715-1720) de la Ilíada de Pope. La princesa los adquirió; al recibirlos, cambió unas palabras con él. Era, nos dice, un hombre consumido y terroso, de ojos grises y barba gris, de rasgos singularmente vagos. Se manejaba con fluidez e ignorancia en diversas lenguas; en muy pocos minutos pasó del francés al inglés y de inglés a una conjunción enigmática de español de Salónica y de portugués de Macao. En octubre, la princesa oyó por un pasajero del Zeus que Cartaphilus había muerto en el mar, al regresar a Esmirna, y que lo habían enterrado en la isla de Ios. En el último tomo de la Ilíada halló éste manuscrito.

El original está redactado en inglés y abunda en latinismos. La versión que ofrecemos es literal.

I

Que yo recuerde, mis trabajos comenzaron en un jardín de Tebas Hekatómpylos, cuando Diocleciano era emperador. Yo había militado (sin gloria) en las recientes guerras egipcias, yo era tribuno de una legión que estuvo acuartelada en Berenice, frente al Mar Rojo: la fiebre y la magia consumieron a muchos hombres que codiciaban magnánimos el acero. Los mauritanos fueron vencidos; la tierra que antes ocuparon las ciudades rebeldes fue dedicada eternamente a los dioses plutónicos; Alejandría, debelada, imploró en vano la misericordia del César; antes de un año las legiones reportaron el triunfo, pero yo logré apenas divisar el rostro de Marte. Esa privación me dolió y fue tal vez la causa de que yo me arrojara a descubrir, por temerosos y difusos desiertos, la secreta Ciudad de los Inmortales.

Mis trabajos empezaron, he referido, en un jardín de Tebas. Toda esa noche no dormí, pues algo estaba combatiendo en mi corazón. Me levanté poco antes del alba; mis esclavos dormían, la Luna tenía el mismo color de la infinita arena. Un jinete rendido y ensangrentado venía del Oriente. A unos pasos de mí, rodó del caballo. Con una tenue voz insaciable me preguntó en latín el nombre del río que bañaba los muros de la ciudad. Le respndí que era el Egipto, que alimentan las lluvias. Otro es el río que persigo, replicó tristemente, el río secreto que purifica de la muerte a los hombres. Oscura sangre le manaba del pecho. Me dijo que su patria era una montaña que está del otro lado del Ganges y que en esa montaña era fama que si alguien caminara hasta el Occidente, donde se acaba el mundo, llegaría al río cuyas aguas dan la inmortalidad. Agregó que en la margen ulterior se eleva la Ciudad de los Inmortales, ricas en baluartes y anfiteatros y templos. Antes de la aurora murió, pero yo determiné descubrir la ciudad y su río. Interrogados por el verdugo, algunos prisioneros mauritanos confirmaron la relación del viajero; alguien recordó la llanura elísea, en el término de la tierra, donde la vida de los hombres es perdurable; alguien, las cumbres donde nace el Pactolo, cuyos moradores viven un siglo. En Roma, conversé con filósofos que sintieron que dilatar la vida de los hombres era dilatar su agonía y multiplicar el número de sus muertes. Ignoro si creí alguna vez en la Ciudad de los Inmortales: pienso que entonces me bastó la tarea de buscarla. Flavio, procónsul de Getulia, me entregó doscientos soldados para la empresa. También recluté mercenarios, que se dijeron conocedores de los caminos y que fueron los primeros en desertar.

Los hechos ulteriores han deformado hasta lo inextricable el recuerdo de nuestras primeras jornadas. Partimos de Arsinoe y entramos en el abrasado desierto. Atravesamos el país de los trogloditas, que devoran serpientes y carecen del comercio de la palabra; el de los garamantes, que tienen mujeres en común y se nutren de Leones; el de los augilas, que sólo veneran el Tártaro. Fatigamos otros desiertos, donde es negra la arena, donde el viajero debe usurpar las horas de la noche, pues el fervor del día es intolerable. De lejos divisé la montaña que dio nombre al Océano: en sus laderas crece el euforbio, que anula los venenos; en la cumbre habitan los sátiros, nación de hombres ferales y rústicos, inclinados a la lujuria. Que en esas regiones bárbaras, donde la tierra es madre de monstruos, pudieran albergar en su seno una ciudad famosa, a todos nos pareció inconcebible. Proseguimos la marcha, pues hubiera sido una afrenta retroceder. Algunos temerarios durmieron con la cara expuesta a la Luna; la fiebre los ardió; en el agua depravada de las cisternas, otros bebieron la locura y la muerte. Entonces comenzaron las deserciones; muy poco después, los motines.Para reprimirlos, no vacilé ante el ejercicio de la severidad. Procedí rectamente, pero un centurión me advirtió que los sediciosos (ávidos de vengar la crucifixión de uno de ellos) maquinaban mi muerte. Hui del campamento, con los pocos soldados que me eran fieles. En el desierto los perdí, entre los remolinos de arena y la vasta noche. Una flecha cretense me laceró. Varios días erré sin encontrar agua, o un solo enorme día multiplicado por el sol, por la sed y por el temor de la sed. Dejé el camino al arbitrio de mi caballo. En en alba, la lejanía se erizó de pirámides y de torres. Insoportablemente soñé con un exiguo y nítido laberinto: en el centro había un cántaro; mis manos casi lo tocaban, mis ojos lo veían, pero tan intrincadas y perplejas eran las curvas que yo sabía que iba a morir antes de alcanzarlo.

II

Al desenredarme por fin de esa pesadilla, me vi tirado y maniatado en un oblongo nicho de piedra, no mayor que una sepultura común, superficialmente excavado en el agrio declive de una montaña. Los lados eran húmedos, antes pulidos por el tiempo que por la industria. Sentí en el pecho un doloroso latido, sentí que me abrasaba la sed. Me asomé y grité débilmente. Al pie de la montaña se dilataba sin rumor un arroyo impuro, entorpecido por escombros y arena; en la opuesta margen resplandecía (bajo el último sol o bajo el primero) la evidente Ciudad de los Inmortales. Vi muros, arcos, frontispicios y foros: el fundamento era una meseta de piedra. Un centenar de nichos irregulares, análogos al mío, surcaban la montaña y el valle. En la arena había pozos de poca hondura; de esos mezquinos agujeros (y de los nichos) emergían hombres de piel gris, de barba negligente, desnudos. Creí reconocerlos: pertenecían a la estirpe bestial de los trogloditas, que infestan las riberas del golfo Arábigo y las grutas etiópicas; no me maravillé de que no hablaran y de que devoraran serpientes.

La urgencia de la sed me hizo temerario. Consideré que estaba a unos treinta pies de la arena; me tiré, cerrados los ojos, atadas a la espalda las manos, montaña abajo. Hundí la cara ensangrentada en el agua oscura. Bebí como se abrevan los animales. Antes de perderme otra vez en el sueño y en los delirios, inexplicablemente repetí unas palabras griegas: los ricos teucros de Zelea que beben el agua negra del Esepo...

No sé cuántos días y noches rodaron sobre mí. Doloroso, incapaz de recuperar el abrigo de las cavernas, desnudo en la ignorada arena, dejé que la Luna y el Sol jugaran con mi aciago destino. Los trogloditas, infantiles en la barbarie, no me ayudaron a sobrevivir o a morir. En vano les rogué que me dieran muerte. Un día, con el filo de un pedernal rompí mis ligaduras. Otro, me levanté y pude mendigar o robar - yo, Marco Flaminio Rufo, tribuno militar de una de las legiones de Roma - mi primera detestada ración de carne de serpiente.

La codicia de ver a los Inmortales, de tocar la sobrehumana Ciudad, casi me vedaba dormir. Como si penetraran mi propósito, no dormían tampoco los trogloditas: al principio inferí que me vigilaban; luego, que se habían contagiado de mi inquietud, como podrían contagiarse los perros. Para alejarme de la bárbara aldea elegí la más pública de las horas, la declinación de la tarde, cuando casi todos los hombres emergen de las grietas y de los pozos y miran el Poniente, sin verlo. Oré en voz alta, menos para suplicar el favor divino que para intimidar a la tribu con palabras articuladas. Atravesé el arroyo que los médanos entorpecen y me dirigí a la Ciudad. Confusamente me siguieron dos o tres hombres. Eran (como los otro de ese linaje) de menguada estatura; no inspiraban temor, sino repulsión. Debí rodear algunas hondonadas irregulares que me parecieron canteras; ofuscado por la grandeza de la Ciudad, yo la había creído cercana. Hacia la medianoche, pisé, erizada de formas idolátricas en la arena amarilla, la negra sombra de sus muros. Me detuvo una especie de horror sagrado. Tan abominadas del hombre son la novedad y el desierto, que me alegré de que uno de los trogloditas me hubiera acompañado hasta el fin. Cerré los ojos y aguardé (sin dormir) que relumbrara el día.

He dicho que la Ciudad estaba fundada sobre una meseta de piedra. Esta meseta comparable a un acantilado no era menos ardua que sus muros. En vano fatigué mis pasos: el negro basamento no descubría la menor irregularidad, los muros invariables no parecían consentir una sola puerta. La fuerza del día hizo que yo me refugiara en una caverna; en el fondo había un pozo, en el pozo una escalera que se abismaba hacia la tiniebla inferior. Bajé; por un caos de sórdidas galerías llegué a una vasta cámara circular, apenas visible. Había nueve puertas en aquel sótano; ocho daban a un laberinto que falazmente desembocaba en la misma cámara; la novena (a través de otro laberinto) daba a una segunda cámara circular, igual a la primera. Ignoro el número total de las cámaras; mi desventura y mi ansiedad las multiplicaron. El silencio era hostil y casi perfecto; otro rumor no había en esas profundas redes de piedra que un viento subterráneo, cuya causa no descubrí; sin ruido se perdían entre las grietas hilos de agua herrumbrada. Horriblemente me habitué a ese dudoso mundo; consideré increíble que pudiera existir otra cosa que sótanos provistos de nueve puertas y que sótanos largos que se bifurcan. Ignoro el tiempo que debí caminar bajo tierra; sé que alguna vez confundí, en la misma nostalgia, la atroz idea de los bárbaros y mi ciudad natal, entre los racimos.

En el fondo de un corredor, un no provisto muro me cerró el paso, una remota luz cayó sobre mí. Alcé los ofuscados ojos: en lo vertiginoso, en lo altísimo, vi un círculo de luz tan azul que pudo parecerme púrpura. Unos peldaños de metal escalaban el muro. La fatiga me relajaba, pero subí, sólo deteniéndome a veces para torpemente sollozar de felicidad. Fui divisando capiteles y astrálagos, frontones triangulares y bóvedas, confusas pompas del granito y del mármol. Así me fue deparado ascender de la ciega región de negros laberintos entretejidos a la resplandeciente Ciudad.

Emergí a una suerte de plazoleta; mejor dicho, de patio. Lo rodeaba un solo edificio de forma irregular y altura variable; a ese edificio heterogéneo pertenecían las diversas cúpulas y columnas. Antes que ningún otro rasgo de ese monumento increíble, me suspendió lo antiquísimo de su fábrica. Sentí que era anterior a los hombres, anterior a la Tierra. Esa notoria antigüedad (aunque terrible de algún modo para los ojos) me pareció adecuada al trabajo de obreros inmortales. Cautelosamente al principio, con indiferencia después, con desesperación al fin, erré por escaleras y pavimentos del inextricable palacio. (Después averigüé que eran inconstantes la extensión y la altura de los peldaños, hecho que me hizo comprender la singular fatiga que me infundieron.) Este palacio es fábrica de los dioses, pensé primeramente. Exploré los inhabitados recintos y corregí: Los dioses que lo edificaron han muerto. Noté sus peculiaridades y dije: Los dioses que lo edificaron estaban locos. Lo dije, bien lo sé, con una incomprensible reprobación, que era casi un remordimiento, con más horror intelectual que miedo sensible. A la impresión de enorme antigüedad se agregaron otras: la de lo interminable, la de lo atroz, la de los complejamente insensato. Yo había cruzado un laberinto, pero la nítida Ciudad de los Inmortales me atemorizó y repugnó. Un laberinto es una casa labrada para confundir a los hombres; su arquitectura, pródiga en simetrías, está subordinada a ese fin. En el palacio que imperfectamente exploré, la arquitectura carecía de fin. Abundaban el corredor sin salida, la alta ventana inalcanzable, la aparatosa puerta que daba a una celda o a un pozo, las increíbles escaleras inversas, con los peldaños y balaustrada hacia abajo. Otras, adheridas aéreamente al costado de un muro monumental, morían sin llegar a ninguna parte, al cabo de dos o tres giros,en la tiniebla superior de las cúpulas. Ignoro si todos los ejemplos que he enumerado son literales; sé que durante muchos años infestaron mis pesadillas; no puedo saber ya si tal o cual rasgo es una transcripción de la realidad o de las formas que desatinaron mis noches. Esta Ciudad (pensé) es tan horrible que su mera existencia y perduración, aunque en el centro de un desierto secreto, contamina el pasado y el porvenir y de algún modo compromete a los astros. Mientras perdure, nadie en el mundo podrá ser valeroso o feliz. No quiero describirla; un caos de palabras heterogéneas, un cuerpo de tigre o de toro, en el que pulularan monstruosamente, conjugados y odiándose, dientes, órganos y cabezas, pueden (tal vez) ser imágenes aproximativas.

No recuerdo las etapas de mi regreso, entre los polvorientos y húmedos hipogeos. Únicamente sé que no me abandonaba el temor de que, al salir del último laberinto, me rodeara otra vez la nefanda Ciudad de los Inmortales. Nada más puedo recordar. Ese olvido, ahora insuperable, fue quizá voluntario; quizá las circunstancias de mi evasión fueron tan ingratas que, en algún día no menos olvidado también, he jurado olvidarlas.

III

Quienes hayan leído con atención el relato de mis trabajos, recordarán que un hombre de la tribu me siguió como un perro podría seguirme, hasta la sombra irregular de los muros. Cuando salí del último sótano, lo encontré en la boca de la caverna. Estaba tirado en la arena, donde trazaba torpemente y borraba una hilera de signos, que eran como letras de los sueños, que uno está a punto de entender y luego se juntan. Al principio, creí que se trataba de una escritura bárbara; después vi que es absurdo imaginar que hombres que no llegaron a la palabra lleguen a la escritura. Además, ninguna de las formas era igual a otra, lo cual excluía o alejaba la posibilidad de que fueran simbólicas. El hombre las trazaba, las miraba y las corregía. De golpe, como si le fastidiara ese juego, las borró con la palma y el antebrazo. Me miró, no pareció reconocerme. Sin embargo, tan grande era el alivio que me inundaba (o tan grande y medrosa mi soledad) que di en pensar que ese rudimental troglodita, que me miraba desde el suelo de la caverna, había estado esperándome. El Sol caldeaba la llanura; cuando emprendimos el viaje de regreso a la aldea, bajo las primeras estrellas, la arena era ardorosa bajo los pies. El troglodita me precedió; esa noche concebí el propósito de enseñarle a reconocer, y acaso a repetir, algunas palabras. El perro y el caballo (reflexioné) son capaces de lo primero; muchas aves, como el ruiseñor de los Césares, de lo último. Por muy basto que fuera el entendimiento de un hombre, siempre sería superior al de los irracionales.

La humildad y miseria el troglodita me trajeron a la memoria la imagen de Argos, el viejo perro moribundo de la Odisea, y así le puse el nombre de Argos y traté de enseñárselo. Fracasé y volví a fracasar. Los arbitrios, el rigor y la obstinaión fueron del todo vanos. Inmóvil, con los ojos inertes, no parecía percibir los sonidos que yo procuraba inculcarle. A unos pasos de mí, era como si estuviera muy lejos. Echado en la arena, como una pequeña y ruinosa esfinge de lava, dejaba que sobre él giraran los cielos, desde el crepúsculo del día hasta el de la noche. Juzgué imposible que no se percatara de mi propósito. Recordé que es fama entre los etíopes que los monos deliberadamente no hablan para que no los obliguen a trabajar y atribuí a suspicacia o a temor el silencio de Argos. De esa imaginación pasé a otras, aún más extravagantes. Pensé que Argos y yo participábamos de universos distintos; pensé que nuestras percepciones eran iguales, pero que Argos las combinaba de otra manera y construía con ellas otros objetos; pensé que acaso no había objetos para él, sino un vertiginoso y continuo juego de impresiones brevísimas. Pensé en un mundo sin memoria, sin tiempo, consideré la posibilidad de un lenguaje que ignorara los sustantivos, un lenguaje de verbos impersonales o de indeclinables epítetos. Así fueron muriendo los días y con los días los años, pero algo parecido a la felicidad ocurrió una mañana. Llovió, con lentitud poderosa.

Las noches del desierto pueden ser frías, pero aquélla había sido un fuego. Soñé que un río de Tesalia (a cuyas aguas yo había restituido un pez de oro) venía a rescatarme; sobre la roja arena y la negra piedra yo lo oía acercarse; la frescura del aire y el rumor atareado de la lluvia me despertaron. Corrí desnudo a recibirla. Declinaba la noche; bajo las nubes amarillas la tribu, no menos dichosa que yo, se ofrecía a los vívios aguaceros en una especie de éxtasis. Parecían coribantes a quienes posee la divinidad. Argos, puestos los ojos en la esfera, gemía; raudales le rodaban por la cara; no sólo de agua, sino (después lo supe) de lágrimas. Argos, le grité, Argos.

Entonces, con mansa admiración, como si descubriera una cosa perdida y olvidada hace mucho tiempo, Argos balbuceó estas palabras: Argos, perro de Ulises. Y después, también sin mirarme: Este perro tirado en el estiércol.

Fácilmente aceptamos la realidad, acaso porque intuimos que nada es real. Le pregunté qué sabía de la Odisea. La práctica del griego le era penosa; tuve que repetir la pregunta.

Muy poco, dijo. Menos que el rapsoda más pobre. Ya habrán pasado mil cien años desde que la inventé.

IV

Todo me fue dilucidado aquel día. Los trogloditas eran los Inmortales; el riacho de aguas arenosas, el Río que buscaba el jinete. En cuanto a la ciudad cuyo nombre se había dilatado hasta el Ganges, nueve siglos haría que los Inmortales la habían asolado. Con las reliquias de su ruina erigieron, en el mismo lugar, la desatinada ciudad que yo recorrí: suerte de parodia o reverso y también templo de los dioses irracionales que manejan el mundo y de los que nada sabemos, salvo que no se parecen al hombre. Aquella fundación fue el último símbolo a que condescendieron los Inmortales; marca una etapa en que, juzgando que toda empresa es vana, determinaron vivir en el pensamiento, en la pura especulación. Erigieron la fábrica, la olvidaron y fueron a morar en las cuevas. Absortos, casi no percibían el mundo físico.

Esas cosas Homero las refirió, como quien habla con un niño. También me refirió su vejez y el postrer viaje que emprendió, movido, como Ulises, por el propósito de llegar a los hombres que no saben lo que es el mar ni comen carne sazonada con sal ni sospechan lo que es un remo. Habitó un siglo en la Ciudad de los Inmortales. Cuando la derribaron, aconsejó la fundación de la otra. Ello no debe sorprendernos; es fama que después de cantar la guerra de Ilión, cantó la guerra de las ranas y los ratones. Fue como un dios que creara el cosmos y luego el caos.

Ser inmortal es baladí; menos el hombre, todas las criaturas lo son, pues ignoran la muerte; lo divino, lo terrible, lo incomprensible, es saberse inmortal. He notado que, pese a las religiones, esa convicción es rarísima. Israelitas, cristianos y musulmanes profesan la inmortalidad, pero la veneración que tributan al primer siglo prueba que sólo creen en él, ya que destinan todos los demás, en número infinito, a premiarlo o castigarlo Más razonable me parece la rueda de ciertas religiones del Indostán; en esa rueda, que no tiene principio ni fin, cada vida es efecto de la anterior y engendra la siguiente, pero ninguna determina el conjunto... Adoctrinada por un ejercicio de siglos, la república de hombres inmortales había logrado la perfección de la tolerancia y casi con desdén. Sabía que en un plazo infinito le ocurren a todo hombre todas las cosas. Por sus pasadas o futuras virtudes, todo hombre es acreedor a toda bondad, pero también a toda traición, por sus infamias del pasado o del porvenir. Así como en los juegos de azar las cifras pares y las cifras impares tienden al equilibrio, así también se anulan y se corrigen el ingenio y la estolidez, y acaso el rústico poema del Cid es el contrapeso exigido por un solo epíteto de las Églogas o por una sentencia de Heráclito. El pensamiento más fugaz obedece a un dibujo invisible y puede coronar, o inaugurar, una forma secreta. Sé de quienes obraban el mal para que en los siglos futuros resultara el bien, o hubiera resultado en los ya pretéritos... Encarados así, todos nuestros actos son justos, pero también son indiferentes. No hay méritos morales o intelectuales. Homero compuso la Odisea; postulado un plazo infinito, con infinitas circunstancias y cambios, lo imposible es no componer, siquiera una vez, la Odisea. Nadie es alguien, un solo hombre inmortal es todos los hombres. Como Cornelio Agrippa, soy dios, soy héroe, soy filósofo, soy demonio y soy mundo, lo cual es una fatigosa manera de decir que no soy.

El concepto del mundo como sistema de precisas compensaciones influyó vastamente en los Inmortales. En primer término, los hizo invulnerables a la piedad. He mencionado las antiguas canteras que rompían los campos de la otra margen; un hombre se despeñó en la más honda; no podía lastimarse ni morir, pero lo abrasaba la sed; antes de que le arrojaran una cuerda pasaron setenta años. Tampoco interesaba el propio destino. El cuerpo no era más que un sumiso animal doméstico y le bastaba, cada mes, la limosna de unas horas de sueño, de un poco de agua y de una piltrafa de carne. Que nadie quiera rebajarnos a ascetas. No hay placer más complejo que el pensamiento y a él nos entregábamos. A veces, un estímulo extraordinario nos restituía al mundo físico. Por ejemplo, aquella mañana, el viejo goce elemental de la lluvia. Esos lapsos eran rarísimos; todos los Inmortales eran capaces de perfecta quietud; recuerdo alguno a quien jamás he visto de pie: un pájaro anidaba en su pecho.

Entre los corolarios de la doctrina de que no hay cosa que no esté compensada por otra, hay uno de muy poca importancia teórica, pero que nos indujo, a fines o a principios del siglo X, a dispersarnos por la faz de la Tierra. Cabe en estas palabras Existe un río cuyas aguas dan la inmortalidad; en alguna región habrá otro río cuyas aguas la borren. El número de ríos no es infinito; un viajero inmortal que recorra el mundo acabará, algún día, por haber bebido de todos. Nos propusimos descubrir ese río.

La muerte (o su alusión) hace preciosos y patéticos a los hombres. Éstos se conmueven por su condición de fantasmas; cada acto que ejecutan puede ser el último; no hay rostro que no esté por desdibujarse como el rostro de un sueño. Todo, entre los mortales, tiene el valor de lo irrecuperable y de lo azaroso. Entre los Inmortales, en cambio, cada acto (y cada pensamiento) es el eco de otros que en el pasado lo antecedieron, sin principio visible, o el fiel presagio de otros que en el futuro lo repetirán hasta el vértigo. No hay cosa que no esté como perdida entre infatigables espejos. Nada puede ocurrir una sola vez, nada es preciosamente precario. Lo elegíaco, lo grave, lo ceremonial, no rigen para los Inmortales. Homero y yo nos separamos en las puertas del Tánger; creo que no nos dijimos adiós.

V

Recorrí nuevos reinos, nuevos imperios. En el otoño de 1066 milité en el puente de Stamford, ya no recuerdo si en las filas de Harold, que no tardó en hallar su destino, o en las de aquel infausto Harald Hardrada que conquistó seis pies de tierra inglesa, o un poco más. En el séptimo siglo de la Héjira, en el arrabal de Bulaq, transcribí con pausada caligrafía, en un idioma que he olvidado, en un alfabeto que ignoro, los siete viajes de Simbad y la historia de la Ciudad de Bronce. En un patio de la cárcel de Samarcanda he jugado muchísimo al ajedrez. En Bikanir he profesado la astrología y también en Bohemia. En 1683 estuve en Kolozsvár y después en Leipzig. En Aberdeen, en 1714, me suscribí a los seis volúmenes de la Ilíada de Pope; sé que los frecuenté con deleite. Hacia 1729 discutí el origen de ese poema con un profesor de retórica, llamado, creo, Giambattista; sus razones me parecieron irrefutables. El 4 de octubre de 1921, el Patna, que me conducía a Bombay, tuvo que fondear en un puerto de la costa eritrea 1. Bajé; recordé otras mañanas muy antiguas, también frente al Mar Rojo, cuando yo era tribuno de Roma y la fiebre y la magia y la inacción consumían a los soldados. En las afueras vi un caudal de agua clara; la probé, movido por la costumbre. Al repechar el margen, un árbol espinoso me laceró el dorso de la mano. El inusitado dolor me pareció muy vivo. Incrédulo, silencioso y feliz, contemplé la preciosa formación de una lenta gota de sangre. De nuevo soy mortal, me repetí, de nuevo me parezco a todos los hombres. Esa noche dormí hasta el amanecer.

...He revisado al cabo de un año, estas páginas. Me constan que se ajustan a la verdad, pero en los primeros capítulos, y aun en ciertos párrafos de los otros, creo percibir algo falso. Ello es obra, tal vez, del abuso de rasgos circunstanciales, procedimiento que aprendí en los poetas y que todo lo contamina de falsedad, ya que esos rasgos pueden abundar en los hechos, pero no en su memoria... Creo, sin embargo, haber descubierto una razón más íntima. La escribiré; no importa que me juzguen fantástico.

La historia que he narrado parece irreal, porque en ella se mezclan los sucesos de dos hombres distintos. En el primer capítulo, el jinete quiere saber el nombre del río que baña las murallas de Tebas; Flaminio Rufo, que antes ha dado a la ciudad el epíteto de Hekatómpylos, dice que el río es el Egipto; ninguna de esas locuciones es adecuada a él, sino a Homero, que hace mención expresa en la Ilíada, de Tebas Hekatómpylos, y en la Odisea, por boca de Proteo y de Ulises, dice invariablemente Egipto por Nilo. En el capítulo segundo, el romano, al beber el agua inmortal, pronuncia unas palabras en griego; esas palabras son homéricas y pueden buscarse en el fin del famoso catálogo de las naves. Después, en el vertiginoso palacio, habla de "una reprobación que era casi un remordimiento"; esas palabras corresponden a Homero, que había proyectado ese horror. Tales anomalías me inquietaron; otras, de orden estético, me permitieron descubrir la verdad. El último capítulo las incluye; ahí está escrito que milité en el puente de Stamford, que transcribí, en Bulaq, los viajes de Simbad el Marino y que me suscribí, en Aberdeen, a la Ilíada inglesa de Pope. Se lee inter alia: "En Bikanir he profesado la astrología y también en Bohemia". Ninguno de esos testimonios es falso; lo significativo es el hecho de haberlos destacado. El primero de todos parece convenir a un hombre de guerra, pero luego se advierte que el narrador no repara en lo bélico y sí en la suerte de los hombres. Los que siguen son más curiosos. Una oscura razón elemental me obligó a registrarlos; lo hice porque sabía que eran patéticos. No lo son, dichos por el romano Flaminio Rufo. Lo son, dichos por Homero; es raro que éste copie, en el siglo trece, las aventuras de Simbad, de otro Ulises, y descubra, a la vuelta de muchos siglos, en un reino boreal y un idioma bárbaro, las formas de su Ilíada. En cuanto a la oración que recoge el nombre de Bikanir, se ve que la ha fabricado un hombre de letras, ganoso (como el autor del catálogo de las naves) de mostrar vocablos espléndidos 2.

Cuando se acerca el fin, ya no quedan imágenes del recuerdo; sólo quedan palabras. No es extraño que el tiempo haya confundido las que alguna vez me representaron con las que fueron símbolos de la suerte de quien me acompañó tantos siglos. Yo he sido Homero; en breve, seré Nadie, como Ulises; en breve, seré todos: estaré muerto.

Postdata de 1950

Entre los comentarios que ha despertado la publicación anterior, el más curioso, ya que no el más urbano, bíblicamente se titula A coat of many colours (Manchester, 1948) y es obra de la tenacísima pluma del doctor Nahum Cordovero. Abarca unas cien páginas. Habla de los centones griegos, de los centones de la baja latinidad, de Ben Jonson, que definió a sus contemporáneos con retazos de Séneca, del Virgilius evangelizans, de Alexander Ross, de los artificios de George Moore y de Eliot, y finalmente, de "la narración atribuida al anticuario Joseph Cartaphilus". Denuncia, en el primer capítulo, breves interpolaciones de Plinio (Historia naturalis, V, 8); en el segundo, de Thomas de Quincey (Writings, III, 439); en el tercero, de una epístola de Descartes al embajador Pierre Chanut; en el cuarto, de Bernard Shaw (Back to Methuselah, V). Infiere de esas intrusiones, o hurtos, que todo el documento es apócrifo.

A mi entender, la conclusión es inadmisible. Cuando se acerca el fin, escribió Cartaphilus, ya no quedan imágenes del recuerdo; sólo quedan palabras. Palabras, palabras desplazadas y mutiladas, palabras de otros, fue la pobre limosna que le dejaron las horas y los siglos.

A Cecilia Ingenieros.