jueves, 2 de julio de 2015
sábado, 27 de junio de 2015
Cómo hablar y escribir en Posmoderno
Primero que todo,
debe recordar que el lenguaje sencillo y cotidiano está fuera de lugar. Es
demasiado realista, modernista y evidente. El lenguaje posmoderno requiere que
usted use metáforas, jerigonza universitaria y expresiones indeterminadas para
que sus demoledores y profundos aportes salten a la vista. A menudo este puede
ser un requisito difícil de cumplir, caso en el que un lenguaje indescifrable
es el sustituto perfecto. Por ejemplo, imagine que quiere decir algo como: “La
sabiduría milenaria de los indígenas puede ayudarnos a ver de otra forma el
malestar de la cultura occidental”. Esto es claro pero muy simple.
Tomemos la expresión “sabiduría milenaria”. Un hablante posmoderno puede
cambiarla por “el discurso” o, mejor aún, por “los discursos” o, todavía
mejor, por “los efectos de realidad de los discursos”. Agregue un
adjetivo como “intertextual”, y listo. “Indígenas” también es
demasiado insulso. ¿Qué tal “el otro postcolonial”?
Pero hablar en
posmoderno también implica usar con propiedad términos que indiquen su
familiaridad con la mayor cantidad de prejuicios posibles; además del
infaltable ingrediente racista y sexista, es indispensable estar familiarizado
con el psicoanálisis (ya sea que lo administre o lo padezca). Por ejemplo, con
el falogocentrismo (fijación masculina combinada con la racionalidad
de la lógica binaria). Y eso de “ver de otra forma” también está fuera
de lugar, es mejor “la aprehensión de un devenir alterno”. Finalmente, “el
malestar de la cultura” es demasiado plano y ya lo usó Freud. Use verbos y
frases más ingeniosas como “mediar nuestras identidades”. Así, la
oración final puede decir algo como: “Debemos deconstruir la
intertextualidad de los efectos de realidad de los discursos del otro
postcolonial, ajeno a la metanarrativa de Occidente, para aprehender el devenir
alterno de las desviaciones falogocéntricas que median nuestras identidades”. ¡Ahora
usted sí está hablando como
todo un posmoderno!
Algunas veces
puede estar en algún apuro, caso en el cual debe disponer de un número
mínimo de sinónimos posmodernos y neologismos necesarios para afrontar un
evento público. Recuerde, no saber de qué está hablando no está mal siempre y
cuando, diga lo que diga, lo diga convencido y de la forma adecuada. Esto me
lleva a un segundo aspecto básico para expresarse en posmoderno: usar muchos
sufijos, prefijos, guiones, cursivas, subrayados y cualquier otra cosa que su
computador (imprescindible si quiere escribir en posmoderno) pueda ofrecer. Para
no perder tiempo diseñe un cuadro con tres columnas.
En la columna A
coloque los prefijos: post-, hiper-, pre-, dis-, re-, ex- y contra- En la
columna B coloque los sufijos y terminaciones relacionadas: -ismo, -itis,
-alidad, -ación, -itividad y –tricidad. En la columna C coloque una serie de
nombres respetables, conocidos y que impresionen, por ejemplo, Barthes
(barthesiano), Foucault (foucaultiano, foucaultianismo), Derrida (derrideano,
derrideanismo). Citar a “Canclini” (el hijo perdido de Bordieu) o a las “culturas
híbridas” cae como anillo al dedo. No hay problema si también lo cita como
“García Canclini”; parece que es el mismo tipo. Si es seguidor de la Nueva Era y ha visto
películas del Dalai Lama o Jackie Chan, no dude en agregar el ingrediente
oriental de conocimiento interior, armonía social y relatividad de todas las
religiones, y remate con algún aforismo (de lectura múltiple) de Nietzsche,
Cioran o Walter Mercado.
Ahora probemos.
Usted quiere decir algo como: “El sujeto es una creación histórica y
social”. Éste es un buen pensamiento pero, desde luego, un mal comienzo. Usted
no llegará a la segunda taza de té con una frase como esa. De hecho, después de
decir algo así podría suceder que el auditorio quede desierto y no se lo
vuelvan a prestar. Relájese. Vaya a sus tres columnas. Primero, el prefijo
meta- es útil, tanto como lo es post-, y si caben varios al tiempo es
formidable. Mejor algo como “metanarrativa posthistórica”, pero sea
creativo. “El sujeto es una deconstrucción de metanarrativas
transhistóricas” es prometedor. En cambio, “creación histórica” deja
mucho que desear. Le sugiero que vaya a la columna B. ¿Qué tal “vanguardismo”?,
o puede ser más posmoderno introducir una categoría indeterminada como “transvanguardismo
híbrido”. Ahora, vaya a la columna C y escoja un autor renombrado, o sea
importante, pero del cual sea casi imposible hablar en términos sencillos
porque ya nadie tiene tiempo o ganas de leerlo con juicio.
Los teóricos del
continente europeo son de lo mejor, y cuando tenga dudas, lo ideal es un autor
francés decepcionado del Mayo del 68. Le recomiendo al filósofo Michel
Foucault, que escribió varios tratados sobre el sujeto y el poder. No tiene que
leerlos completos, ni siguiera entenderlos; basta con que haga alguna alusión a
las “epistemes” y mencione de pasada al famoso señor. Finalmente, agregue algo
de suspenso y emoción como para que dé la impresión de que está interesado en
hablar de algo concreto, y no olvide los guiones y los paréntesis. ¿Qué tiene
ahora? “El sujeto contemporáneo es una deconstrucción de metanarrativas
transhistóricas que, dentro del nuevo episteme del transvanguardismo híbrido,
trasciende las nacionalidades ficticias (producto de prenociones
etnocéntricas) inscritas en lógicas diferenciales y polivalentes
que, como lo ha demostrado Foucault (no olvide que se pronuncia Fukó),
son hábilmente reconstituidas de la semilla de un pensamiento prístino”.
Debe estar atento
a escuchar una oferta de trabajo de algún postindustrial interesado en usted
para que dirija su departamento de asistencia social o, mejor aún, para que le
dé clases privadas a la hija. En el caso de que alguien llegue a preguntarle de
qué diablos está usted hablando, tranquilo. Este riesgo lo corren todos
aquellos que hablan en posmoderno, y debe evitarse en lo posible. Llegado el
caso debe mirar a su interlocutor con extrañeza, como un bicho raro, como si no
hubiera captado la esencia de su discurso, y en ese momento debe decirle que la
pregunta “simplifica el discurso”. Si eso no funciona, usted puede ser
atacado por la tentación y pronunciar esa terrible respuesta modernista de tres
palabras: “No lo sé”. Pero no, conserve la calma, tome aire, vea de
reojo al inoportuno, después al auditorio como quien mira llover y diga algo
como: “Su pregunta me resulta muy interesante. Sin embargo, su
intertextualidad define un grupo de relaciones entre enunciados dispersos y
heteróclitos, cuya eficacia simbólica y significado me resultan arbitrarios. Esto
muestra que los principios de individuación generativa del sujeto son un tema
que no se puede agotar en una conferencia, quizá ni siquiera en un semestre”. ¿Más
preguntas? ¿No? Pues bien, que ahora sí sirvan el té con galletas.
Extracto de Speak
and Write Posmodern de Stephen Katz
viernes, 26 de junio de 2015
viernes, 29 de mayo de 2015
domingo, 17 de mayo de 2015
Advierten que Agro contamina los ríos más que la minería
Los que más contaminan son los cultivos de papa y de arroz, y en general las actividades de riego. El agro usa el 80% del agua y la minería solo 2% , señalan especialistas.
El decir que la minería es el principal contaminador de los ríos en el Perú es un mito, pues más que esa actividad la agricultura es una mayor contaminante de esas fuentes de agua en el campo, y en las ciudades los que más las contaminan son las poblaciones.
Así coincidieron en señalar Antonio Brack, ex ministro del Ambiente, y Nicole Bernex, directora del Centro de Investigación en Geografía Aplicada de la Universidad Católica, al tocar el tema del agua y el ordenamiento territorial, en la 30 Convención Minera. Si es que existen aún residuos de minerales en diversas fuentes de agua, es por pasivos mineros antiguos, o porque se producen accidentes en los relaves, pero en general la minería formal no es una fuente contaminante de los ríos, aseveró Brack.
Insumos. En el caso de la agricultura, la mayor contaminación la ocasiona al vertimiento de insumos químicos como el Paratión, que es usado por la mayoría de los cultivos de papa, y que con el riego por inundación van a parar a los ríos, según indicó Bernex. Otro gran contaminante son los cultivos de arroz, que producen emanaciones de metano, que es un gas de efecto invernadero, anotó. Gestión
miércoles, 21 de enero de 2015
Heduardo con hache
Por Mario Vargas Llosa
La caricatura es un arte cruel: consiste en magnificar la
imperfección humana y convertirla en pretexto de risa. Se comprende que la política haya sido el
territorio más propicio para el cultivo de semejante género, que encuentra en
esa actividad, que suele ser vía de escape para las pasiones menos nobles, un
inagotable filón.
Además de inmisericordiosa y tremebunda, la caricatura
política, si es fiel a su naturaleza, debe ser crítica, inconforme, sedicente. La
alabanza no le conviene, el incienso inevitablemente la entristece (lo que en
su caso significa la muerte). Esa es su contribución a la sociedad: espolear
sin descanso el espíritu de resistencia ,
orientar la indignación y el rechazo hacia esos personajes, hechos e
instituciones políticas a los que, transformados en imágenes grandilocuentes y
feroces, avienta a la vindicta pública.
Gracias a su vocación irreverente, iconoclasta, ella es un
buen antídoto contra la idolatría; sus monigotes impiden que se constituyan, o
que se eternicen, los mitos políticos. Sus ácidos corroen con facilidad a esos
hombres-estatuas –generalísimos, benefactores de la patria, caudillos, jefes
máximos, comisarios–, haciendo que las gentes les pierdan el respeto y
delatando, gracias a la exageración, que es su arma preferida, la sustancia
bufonesca que habita en todos ellos. Nada es sagrado, respetable, para la
caricatura política y por eso no es extraño que cometa injusticias,
ridiculizando y zahiriendo también a los mejores, a quienes representan el
idealismo y la integridad. No importa. También a los justos les hace bien pasar
la prueba de fuego de la burla y el chiste, ser de este modo seleccionados
sobre sus limitaciones y entrenados para recibir críticas.
La caricatura política y la libertad son hermanas siamesas,
no existen la una sin la otra, su suerte está sellada. Para saber cuál es el
grado de libertad que existe en un país basta averiguar el estado en que se
halla el género; si éste prolifera en revistas y periódicos, en libros y en
pantallas, con un alto nivel de creatividad –es decir, de crueldad e
inconformidad– aquélla ha arraigado y se trata de un país con hombres libres. No
es casual que en los regímenes autoritarios este arte haya declinado o se haya
extinguido, que sea inconcebible imaginarlo floreciendo a la sombre del Kremlin, de Fidel Castro, de Pinochet, de los
generales argentinos, o del
ayatola Jomeini. Así, aunque malvada e injusta, la caricatura política es
siempre símbolo viviente de la libertad.
Estas consideraciones vienen a propósito de una joven
caricaturista peruano, tan tímido e inhibido, tan modesto, que, como para
ocultarse, ha antepuesto a manera de antifaz una hache a su nombre: Heduardo. Cuando coge el lápiz y la cartulina, sin
embargo, la timidez desaparece y la reemplaza una osadía sin barreras, una
imaginación crítica cuyos dardos envenenados dan siempre en el centro del
blanco. Es, sin duda, el mejor caricaturista político que ha tenido el Perú en
muchos años (por lo menos desde que Xanno dejó de hacer sus famosos hídridos en
“La Prensa ” de
los años cuarenta) y el que practica su arte con más limpieza moral y con más
genuina vocación libertaria.
Pero, antes que esos méritos, hay en Heduardo una cualidad
básica que, cuando falta, hace innecesarias todas las demás: la destreza
artística. Es un dibujante original, inventivo, de mano agresiva, cuyos
disparos más mortíferos provienen no sólo de las palabras que emiten sus
personajes, sino simultáneamente de los rasgos de sus caras, de sus inusitadas
siluetas, de sus posturas y atuendos. En pocos años ha creado algunos tipos que
con todo derecho merecen figurar en la zoología política universal más exclusiva.
Pienso en su pareja “Don Burguesini y su mayordomo”, y, sobre todo, en las dos
especies de homínidos que parecen su principal fuente de inspiración:
intelectuales y generales. Es difícil establecer a quiénes, entre los dos,
prefiere, es decir, cuáles le parecen más irreales y más nocivos en su manera
de obrar o de pensar en el dominio político.
Los intelectuales de Heduardo son barbados , calvitos, viejos
precoces, siempre con gafas, y entre sus protuberancias destaca
indefectiblemente la nariz (por grande o por torcida). Peroran sin descanso y
aunque aparecen de a dos y de a tres no dialogan, mantienen monólogos paralelos
intocables. Está, cada uno, encerrado en una cárcel de eslogans que lo obnubila
y que, se diría, lo ha privado del
gusto a la vida: es imposible saber si son demagogos por estúpidos o viceversa.
En todo caso, lo evidente es que están dispuestos a aceptar todos los
estropicios y todas las dictaduras siempre y cuando la coartada ideológica que
esgriman sea ‘progresista’.
Pero todavía más plásticos que los intelectuales obtusos de
Heduardo son sus generales. En la vaga división doctrinaria de su fauna,
aquéllos representan la izquierda; éstos, la reacción. Salen derechito de las
cavernas donde vivía el hombre de Cromagnon y las jorobas que los aquejan
parecen el resultado del uso continuo,
inmoderado, del
garrote. Por su osatura y movimientos, boca y extremidades están más cerca del simio que del
hombre (aunque sus luces intelectuales sean de una escala todavía inferior). Visten
siempre muy condecorados y esa enorme nube negra que los aureola es el techo de
sus quepis, que, con certeza, disimula un voluminoso chichón en el cráneo. Todos
son prognáticos y dolicocéfalos. Su ideología es clara y contundente, cabe en
una frase: la fuerza justifica todo. Son tan poderosos que pueden darse el lujo
de la sinceridad. En tanto que los intelectuales de Heduardo mienten como quien respira, sus
generales dicen la verdad, y exhiben candorosamente sus apetitos, sus abusos,
sus vicios. Entre ambos especímenes, confuso, aturdido, maltratado, olvidado y
desdeñado por unos y otros, aparece a veces en los dibujos de Heduardo, una
figurilla patética: el hombre común, el ciudadano anónimo.
Heduardo hace
reir siempre, pero sus monigotes, además, como en el poema de Vallejo, dejan al
hombre pensando. Sus caricaturas tienen un mensaje, pero no ideológico,
es decir prefabricado, del que ellas vendrían a ser una mera ilustración. Es
posible que él mismo ignore la naturaleza de ese mensaje. Pero no hay duda que
está allí, disuelto en el entresijo de sus hombrecillos grotescos. Porque
Heduardo, trabajando al día, absorbido por la transeúnte actualidad, ha sabido
identificar en ese vertiginoso desfile de acontecimientos ciertas constantes
trágicas sobre las cuales sus cartulinas dan testimonio incesante: el fanatismo
y la brutalidad que signan nuestra historia. En tanto que unos viven
ciegos, fuera de la realidad, embriagados en abstracciones delirantes, los
otros se permiten todos los excesos amparados en el monopolio de la fuerza que
detentan. Aunque adversarios, ambos tienen muchas cosas en común: su desprecio
e ignorancia del “otro”, su ineptitud para el diálogo, su cerrazón ante la
crítica. Mientras no salgamos del círculo vicioso que ambas mentalidades
encarnan –nos hace entender Heduardo sin decirlo y acaso sin quererlo– jamás
reinará entre nosotros esa libertad que él tan felizmente practica en sus
dibujos.
Columna “Piedra
de Toque” de Mario Vargas Llosa, 28 de enero de 1980, edición N° 585 de
la revista Caretas
miércoles, 20 de agosto de 2014
Keiko en su laberinto
Por Antonio Zapata Velasco
Si ello sucede, el fujimorismo será parte del establishment rechazado,
porque sus figuras actuales lo llevan a esa posición. Para ganar, Keiko tendría
realmente que limpiar su círculo.
La semana pasada el congresista Juan José Díaz Dios
protagonizó una situación vergonzosa con toda naturalidad y frescura. Como
todos saben, el congresista denunció a la primera ministra, Ana Jara, mostrando
como prueba unos correos falsos aparecidos en una columna de sátira política.
El congresista no se detuvo a pensar y fue ganado por el
afán de éxito inmediato. Lo suyo fue figuretismo al 100%. Era evidente su mala
fe y su concepción rastrera de la política como ataque artero sin siquiera
verificar la información básica.
Luego, cuando se hizo público el papelón, le echó la culpa a
otro y responsabilizó a sus asesores. No asumió su parte en el asunto, sino que
derivó a trabajadores dependientes suyos. Perdió de ese modo la oportunidad de
aprender. En el futuro tomará otro asesor y seguirá tan falso como siempre.
Es cierto que se disculpó y la primera ministra pasó la
página, pero quedó evidente que el fujimorismo de hoy presenta tantos problemas
como el de ayer. En efecto, el congresista Díaz Dios no es cualquier
parlamentario, sino el vocero principal de la bancada fujimorista.
En este puesto, Díaz Dios está reemplazando al congresista
Julio Gagó, quien meses atrás fue hallado responsable de realizar negocios
ilícitos con el Estado. Como consecuencia, Gagó se halla suspendido y en
realidad fue salvado del desafuero que correspondía.
A continuación,
Víctor Grández, otro parlamentario de Fuerza Popular, ha sido descubierto por
un programa de TV como dueño de prostíbulos donde se práctica el meretricio
infantil. El fujimorismo ha anunciado su expulsión, pero tenemos otro caso
reciente que muestra la dirección de la corriente en un grupo que aspira a
ganar las presidenciales del 2016.
De este modo, la
carrera de Keiko a Palacio atraviesa problemas mayormente generados desde
dentro. La gente diariamente se pregunta, si así son en la oposición, ¿cómo
serían nuevamente en el poder? Fácil. Serían como están mostrando que son.
Harían contratos personales ilegales con el Estado, como Gagó, acusarían sin
pruebas a sus rivales políticos, como Díaz Dios, y aprovecharían de sus puestos
para desarrollar todo tipo de negocios privados impropios, como Grández. Súmele
usted la cocaína hallada en una camioneta de campaña en Barranca y encontrará
un esquema del fujimorismo actual.
Estas conductas
parecen tan negativas como las peores de los años noventa. Aún no se halla
presente un símil a Montesinos ni aparecen sus jugosos sobornos a los grandes poderes
fácticos del país. Pero están en ciernes. Los repetidos incidentes de sus figuras
públicas lo evidencian.
¿Puede Keiko
diferenciarse de la cultura corrupta de los noventa y aparecer como una segunda
generación renovada y moderna? Se escucha decir que es su propósito, pero no le
es fácil.
Es cierto que el
fujimorismo posee algunas figuras sagaces, con manejo y fuerza política. Pero
estas personas capaces ya estaban en los noventa, son los limpios del grupo que
gobernó junto a Alberto Fujimori.
Los que no dan la
talla son los nuevos, los integrantes de la generación de Keiko. En estos años
como oposición, Fuerza Popular no ha mostrado ninguna figura nueva superior a
Díaz Dios, Gagó o Grández.
Pero la debacle
de sus rivales mantiene intactas las esperanzas del fujimorismo. El gobierno
sin candidata, García con narcoindultos y Toledo con Ecoteva; ninguno parece
capaz de vencer al fujimorismo, que ya quedó segundo el 2011 y no se ha
dividido, no obstante las desavenencias entre padre e hija.
Aunque, Keiko
podría perder frente a un candidato autoritario y antisistema que enfrente la corrupción,
ineficiencia y figuretismo sin sustancia de la política peruana. Un escenario
del 2016 es la caída del sistema político, dado el inmenso hartazgo ciudadano
hacia la política actual.
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