miércoles, 21 de enero de 2015

Heduardo con hache


Por Mario Vargas Llosa

La caricatura es un arte cruel: consiste en magnificar la imperfección humana y convertirla en pretexto de risa. Se comprende que la política haya sido el territorio más propicio para el cultivo de semejante género, que encuentra en esa actividad, que suele ser vía de escape para las pasiones menos nobles, un inagotable filón.

Además de inmisericordiosa y tremebunda, la caricatura política, si es fiel a su naturaleza, debe ser crítica, inconforme, sedicente. La alabanza no le conviene, el incienso inevitablemente la entristece (lo que en su caso significa la muerte). Esa es su contribución a la sociedad: espolear sin descanso el espíritu de resistencia, orientar la indignación y el rechazo hacia esos personajes, hechos e instituciones políticas a los que, transformados en imágenes grandilocuentes y feroces, avienta a la vindicta pública.

Gracias a su vocación irreverente, iconoclasta, ella es un buen antídoto contra la idolatría; sus monigotes impiden que se constituyan, o que se eternicen, los mitos políticos. Sus ácidos corroen con facilidad a esos hombres-estatuas –generalísimos, benefactores de la patria, caudillos, jefes máximos, comisarios–, haciendo que las gentes les pierdan el respeto y delatando, gracias a la exageración, que es su arma preferida, la sustancia bufonesca que habita en todos ellos. Nada es sagrado, respetable, para la caricatura política y por eso no es extraño que cometa injusticias, ridiculizando y zahiriendo también a los mejores, a quienes representan el idealismo y la integridad. No importa. También a los justos les hace bien pasar la prueba de fuego de la burla y el chiste, ser de este modo seleccionados sobre sus limitaciones y entrenados para recibir críticas.

La caricatura política y la libertad son hermanas siamesas, no existen la una sin la otra, su suerte está sellada. Para saber cuál es el grado de libertad que existe en un país basta averiguar el estado en que se halla el género; si éste prolifera en revistas y periódicos, en libros y en pantallas, con un alto nivel de creatividad –es decir, de crueldad e inconformidad– aquélla ha arraigado y se trata de un país con hombres libres. No es casual que en los regímenes autoritarios este arte haya declinado o se haya extinguido, que sea inconcebible imaginarlo floreciendo a la sombre del Kremlin, de Fidel Castro, de Pinochet, de los generales argentinos, o del ayatola Jomeini. Así, aunque malvada e injusta, la caricatura política es siempre símbolo viviente de la libertad.

Estas consideraciones vienen a propósito de una joven caricaturista peruano, tan tímido e inhibido, tan modesto, que, como para ocultarse, ha antepuesto a manera de antifaz una hache a su nombre: Heduardo. Cuando coge el lápiz y la cartulina, sin embargo, la timidez desaparece y la reemplaza una osadía sin barreras, una imaginación crítica cuyos dardos envenenados dan siempre en el centro del blanco. Es, sin duda, el mejor caricaturista político que ha tenido el Perú en muchos años (por lo menos desde que Xanno dejó de hacer sus famosos hídridos en “La Prensa” de los años cuarenta) y el que practica su arte con más limpieza moral y con más genuina vocación libertaria.

Pero, antes que esos méritos, hay en Heduardo una cualidad básica que, cuando falta, hace innecesarias todas las demás: la destreza artística. Es un dibujante original, inventivo, de mano agresiva, cuyos disparos más mortíferos provienen no sólo de las palabras que emiten sus personajes, sino simultáneamente de los rasgos de sus caras, de sus inusitadas siluetas, de sus posturas y atuendos. En pocos años ha creado algunos tipos que con todo derecho merecen figurar en la zoología política universal más exclusiva. Pienso en su pareja “Don Burguesini y su mayordomo”, y, sobre todo, en las dos especies de homínidos que parecen su principal fuente de inspiración: intelectuales y generales. Es difícil establecer a quiénes, entre los dos, prefiere, es decir, cuáles le parecen más irreales y más nocivos en su manera de obrar o de pensar en el dominio político.

Los intelectuales de Heduardo son barbados, calvitos, viejos precoces, siempre con gafas, y entre sus protuberancias destaca indefectiblemente la nariz (por grande o por torcida). Peroran sin descanso y aunque aparecen de a dos y de a tres no dialogan, mantienen monólogos paralelos intocables. Está, cada uno, encerrado en una cárcel de eslogans que lo obnubila y que, se diría, lo ha privado del gusto a la vida: es imposible saber si son demagogos por estúpidos o viceversa. En todo caso, lo evidente es que están dispuestos a aceptar todos los estropicios y todas las dictaduras siempre y cuando la coartada ideológica que esgriman sea ‘progresista’.

Pero todavía más plásticos que los intelectuales obtusos de Heduardo son sus generales. En la vaga división doctrinaria de su fauna, aquéllos representan la izquierda; éstos, la reacción. Salen derechito de las cavernas donde vivía el hombre de Cromagnon y las jorobas que los aquejan parecen el resultado del uso continuo, inmoderado, del garrote. Por su osatura y movimientos, boca y extremidades están más cerca del simio que del hombre (aunque sus luces intelectuales sean de una escala todavía inferior). Visten siempre muy condecorados y esa enorme nube negra que los aureola es el techo de sus quepis, que, con certeza, disimula un voluminoso chichón en el cráneo. Todos son prognáticos y dolicocéfalos. Su ideología es clara y contundente, cabe en una frase: la fuerza justifica todo. Son tan poderosos que pueden darse el lujo de la sinceridad. En tanto que los intelectuales de Heduardo mienten como quien respira, sus generales dicen la verdad, y exhiben candorosamente sus apetitos, sus abusos, sus vicios. Entre ambos especímenes, confuso, aturdido, maltratado, olvidado y desdeñado por unos y otros, aparece a veces en los dibujos de Heduardo, una figurilla patética: el hombre común, el ciudadano anónimo.

Heduardo hace reir siempre, pero sus monigotes, además, como en el poema de Vallejo, dejan al hombre pensando. Sus caricaturas tienen un mensaje, pero no ideológico, es decir prefabricado, del que ellas vendrían a ser una mera ilustración. Es posible que él mismo ignore la naturaleza de ese mensaje. Pero no hay duda que está allí, disuelto en el entresijo de sus hombrecillos grotescos. Porque Heduardo, trabajando al día, absorbido por la transeúnte actualidad, ha sabido identificar en ese vertiginoso desfile de acontecimientos ciertas constantes trágicas sobre las cuales sus cartulinas dan testimonio incesante: el fanatismo y  la brutalidad que signan nuestra historia. En tanto que unos viven ciegos, fuera de la realidad, embriagados en abstracciones delirantes, los otros se permiten todos los excesos amparados en el monopolio de la fuerza que detentan. Aunque adversarios, ambos tienen muchas cosas en común: su desprecio e ignorancia del “otro”, su ineptitud para el diálogo, su cerrazón ante la crítica. Mientras no salgamos del círculo vicioso que ambas mentalidades encarnan –nos hace entender Heduardo sin decirlo y acaso sin quererlo– jamás reinará entre nosotros esa libertad que él tan felizmente practica en sus dibujos.

Lima, enero, 1980.


Columna “Piedra de Toque” de Mario Vargas Llosa, 28 de enero de 1980, edición N° 585 de la revista Caretas

miércoles, 20 de agosto de 2014

Keiko en su laberinto

Por Antonio Zapata Velasco

La semana pasada el congresista Juan José Díaz Dios protagonizó una situación vergonzosa con toda naturalidad y frescura. Como todos saben, el congresista denunció a la primera ministra, Ana Jara, mostrando como prueba unos correos falsos aparecidos en una columna de sátira política.

El congresista no se detuvo a pensar y fue ganado por el afán de éxito inmediato. Lo suyo fue figuretismo al 100%. Era evidente su mala fe y su concepción rastrera de la política como ataque artero sin siquiera verificar la información básica. 

Luego, cuando se hizo público el papelón, le echó la culpa a otro y responsabilizó a sus asesores. No asumió su parte en el asunto, sino que derivó a trabajadores dependientes suyos. Perdió de ese modo la oportunidad de aprender. En el futuro tomará otro asesor y seguirá tan falso como siempre. 

Es cierto que se disculpó y la primera ministra pasó la página, pero quedó evidente que el fujimorismo de hoy presenta tantos problemas como el de ayer. En efecto, el congresista Díaz Dios no es cualquier parlamentario, sino el vocero principal de la bancada fujimorista.

En este puesto, Díaz Dios está reemplazando al congresista Julio Gagó, quien meses atrás fue hallado responsable de realizar negocios ilícitos con el Estado. Como consecuencia, Gagó se halla suspendido y en realidad fue salvado del desafuero que correspondía. 

A continuación, Víctor Grández, otro parlamentario de Fuerza Popular, ha sido descubierto por un programa de TV como dueño de prostíbulos donde se práctica el meretricio infantil. El fujimorismo ha anunciado su expulsión, pero tenemos otro caso reciente que muestra la dirección de la corriente en un grupo que aspira a ganar las presidenciales del 2016.

De este modo, la carrera de Keiko a Palacio atraviesa problemas mayormente generados desde dentro. La gente diariamente se pregunta, si así son en la oposición, ¿cómo serían nuevamente en el poder? Fácil. Serían como están mostrando que son. Harían contratos personales ilegales con el Estado, como Gagó, acusarían sin pruebas a sus rivales políticos, como Díaz Dios, y aprovecharían de sus puestos para desarrollar todo tipo de negocios privados impropios, como Grández. Súmele usted la cocaína hallada en una camioneta de campaña en Barranca y encontrará un esquema del fujimorismo actual. 

Estas conductas parecen tan negativas como las peores de los años noventa. Aún no se halla presente un símil a Montesinos ni aparecen sus jugosos sobornos a los grandes poderes fácticos del país. Pero están en ciernes. Los repetidos incidentes de sus figuras públicas lo evidencian.

¿Puede Keiko diferenciarse de la cultura corrupta de los noventa y aparecer como una segunda generación renovada y moderna? Se escucha decir que es su propósito, pero no le es fácil. 

Es cierto que el fujimorismo posee algunas figuras sagaces, con manejo y fuerza política. Pero estas personas capaces ya estaban en los noventa, son los limpios del grupo que gobernó junto a Alberto Fujimori. 

Los que no dan la talla son los nuevos, los integrantes de la generación de Keiko. En estos años como oposición, Fuerza Popular no ha mostrado ninguna figura nueva superior a Díaz Dios, Gagó o Grández. 

Pero la debacle de sus rivales mantiene intactas las esperanzas del fujimorismo. El gobierno sin candidata, García con narcoindultos y Toledo con Ecoteva; ninguno parece capaz de vencer al fujimorismo, que ya quedó segundo el 2011 y no se ha dividido, no obstante las desavenencias entre padre e hija.

Aunque, Keiko podría perder frente a un candidato autoritario y antisistema que enfrente la corrupción, ineficiencia y figuretismo sin sustancia de la política peruana. Un escenario del 2016 es la caída del sistema político, dado el inmenso hartazgo ciudadano hacia la política actual. 

Si ello sucede, el fujimorismo será parte del establishment rechazado, porque sus figuras actuales lo llevan a esa posición. Para ganar, Keiko tendría realmente que limpiar su círculo.

miércoles, 20 de marzo de 2013

17 de marzo: una victoria contundente




Por Fernando Villarán

No deja de sorprender la política peruana o, mejor, contemporánea. Los derrotados en la consulta popular del pasado domingo son los que realizan el análisis de la misma. Y, por supuesto, resulta que los ganadores se convierten en los derrotados y los derrotados en ganadores. Los mismos medios, periodistas y analistas que han estado apoyando y animando la campaña del SI y que han atacado, sin piedad, a la alcaldesa y su gestión desde hace más de 2 años, son ahora los que hacen el balance de la batalla. Es como si el 3 de setiembre de 1945 hubiesen sido los alemanes, japoneses e italianos los encargados de dar la «versión oficial» de la segunda guerra mundial. El mundo al revés.

Vayamos a sus argumentos:

1. «Es una victoria ajustada, casi la mitad de los limeños revocaron a la alcaldesa, es un llamado de atención». En las últimas elecciones el presidente Ollanta Humala le ganó a Keiko Fujimori por un margen de tres puntos porcentuales, exactamente los mismos con los que ha triunfado el NO el domingo, y que se sepa nadie anda dudando de la legitimidad de su mandato. La mitad de los presidentes en el mundo son elegidos con márgenes menores a estos, lo que no debilita en lo más mínimo su autoridad y su gobierno. 

2. «Han sido revocados varios regidores lo que es un drástico castigo a la izquierda que maneja la Municipalidad de Lima. Una victoria pírrica. Una dulce derrota». En toda batalla hay muertos y heridos. Para comenzar es un absurdo desconocer la voluntad del pueblo que votó por el NO en la persona de la alcaldesa, y que no marcó el NO en el resto de la cédula, teniendo en cuenta que en la elección de octubre de 2010 se votó en bloque por todos ellos. Pero aun si fueran revocados, afirmar que este es el resultado principal de la consulta del domingo es como decir que los alemanes ganaron en Normandía porque murieron más aliados que ellos. Aunque con un costo alto, fue una resonante victoria para los aliados. Felizmente, en el caso de los regidores, como Eduardo Zegarra y Marisa Glave, por ejemplo, podrán continuar aportando desde otras responsabilidades en la MML. 

3. «La salida de los regidores representa la derrota del NO». Se debe tener muy en claro que lo que estuvo en juego el domingo, no fue la revocación de unos pocos regidores. Siempre estuvo en juego el control de la segunda plaza ejecutiva del Estado peruano, la MML, que concentra el 50% del PBI Nacional y un tercio de la población del país. Lo que vimos en este proceso fue el intento de asaltar el poder de la MML utilizando el mecanismo de la revocatoria (hoy considerado obsoleto por muchos). Pero como hemos comprobado, el asalto fracasó, la alcaldesa y sus aliados lograron resistir el ataque y conservaron el poder. Por eso es un absurdo hablar de victoria a medias; en la política y en la guerra esto no existe, o se conquista el territorio desalojando al enemigo, o uno se queda sin nada. Las victorias son al 100% y las derrotas también. Y esto es lo que ha ocurrido en Lima. 

4. «La alianza entre Fuerza Social y el PPC es antinatural y se va a romper de inmediato». Adicionalmente a controlar el territorio que es la primera fuente del poder, la clave en política reside en aumentar ese poder mediante la acumulación de fuerzas, y esto lo ha conseguido de manera clara y contundente Susana Villarán. De la agrupación de unos pocos pequeños partidos de izquierda, con los que empezó en enero de 2011, ha logrado forjar una sólida alianza, nada menos que con el Partido Popular Cristiano (PPC), su rival en las elecciones de 2010, pero también con Perú Posible, el Partido Nacionalista de Lima, Acción Popular y Somos Perú. Una confluencia de fuerzas pocas veces vista en la política peruana. Es decir, no solo conserva el poder, sino que lo acrecienta y fortalece, lo que significa que este frente puede obtener más victorias y más poder político. Esto es lo que les quita el sueño a los derrotados el domingo pasado: una sólida alianza política que no solo continúe ganando elecciones sino que sobre todo transforme la manera de administrar el Estado y ejercer la política. La transparencia y la honestidad son como la luz del sol de la que huyen los vampiros de la política. 

5. Hace dos mil quinientos años, Sun Tzu dijo: «La división es la estrategia más eficaz para derrotar al enemigo». Y en esto los derrotados del domingo pasado se han puesto a trabajar desde al primer día, dicen: «Los traidores fueron los del PPC que marcaron el SI a los regidores de Fuerza Social. La alcaldesa se peleó con Marisa Glave porque es demasiado radical. PPK fue el culpable de marcar SI a los regidores radicales. Todos los partidos de la izquierda democrática rechazan al Movimiento Nueva Izquierda (Patria Roja). La CONFIEP se retracta en su apoyo al NO por temor a las declaraciones de un influyente minero». En un país con una fuerte tradición de división y enfrentamiento, tal como nos lo ha recordado varias veces María Rostworowsky, esta estrategia es ciertamente la más eficaz; no hay que hacer mayor esfuerzo para dividir a los peruanos. En esto la izquierda es la campeona, desde que llegó a su punto más alto bajo el liderazgo de Barrantes Lingán en los 80, no ha parado de dividirse por quítame estas pajas. Por eso, quizás el mayor esfuerzo sea mantener la unidad alcanzada en el frente por el NO. Sólo esto cambiaría la historia de la política peruana. 

6. «Esta es una contienda electoral vecinal, solo circunscrita a Lima». Esto es falso, pues en realidad se trata de la primera batalla por el poder nacional en el 2016. Es teniendo eso en mente que los partidos y actores han tomado sus decisiones. Solidaridad Nacional (SN) quiso recuperar el municipio de Lima por medios vedados y antidemocráticos, sin esperar al 2014, después de su estrepitoso fracaso en las elecciones presidenciales del 2011. El APRA apoya a Castañeda para golpear a la izquierda (su enemigo de toda la vida), utilizar a Lima como plataforma para su propia candidatura presidencial y reactivar su partido muy debilitado por la debacle electoral de 2011 para el congreso. El fujimorismo se mantuvo oficialmente al margen, aunque varias de sus principales dirigentes participaron en la campaña del SI. Todos han jugado sus fichas pensando en el 2016, la diferencia es que algunos han perdido y ven alejarse sus objetivos.

Lo más patético de todo esto es que los ganadores comiencen a aceptar y creer los argumentos de los derrotados. Está bien ser magnánimos en la victoria (cosa que estoy seguro no hubiera ocurrido si fuera el caso contrario; no me imagino qué habrían dicho los líderes del SI y sus medios si hubieran triunfado), pero otra cosa muy diferente es dejarse apabullar. Aparte de la tarea central de mantener la unidad del frente del NO y de seguir golpeando a la corrupción (la gran derrotada), es preciso continuar dando la batalla ideológica. Hay que seguir las enseñanzas de Manuel Castells que hace algunos años dijo que en la era digital, las batallas por el poder son batallas culturales.


Tomado del Facebook de Fernando Villarán

sábado, 16 de marzo de 2013

Texto de Pelo Madueño publicado en su Facebook



me muevo bien
me muevo bien en el fango
esta agua turbia y densa es cómoda, aceitosa, oscura, perfecta 
aquí solo nosotros la tenemos "clara"
respiro y aspiro en este fango-país-siglo XXl
todo controlado y acordado, pero..
en qué momento nos descuidamos?
agua clara no
gente rara, extraños no
y menos una mujer
y aunque en mi misógina experiencia siempre las mujeres que dicen que no terminan diciendo que si, esto hay que cortarlo
la puerta de Lima
la puerta del país
menos mal que estoy en en el Perú y será muy fácil
casi nadie aquí ve el problema de fondo ni reconoce la transparencia 
porque... cómo re-conocer algo que no se conoce?
elemental
educación, información, cultura, transparencia...nuestros enemigos
"que robe pues, mientras haga obras"
mejor sociedad….imposible
no hay de qué preocuparse, todo calculado
este país es lo que nosotros queremos, planeamos y operamos, las cosas no tendrían porqué cambiar ahora
que la fiesta continúe
relájense, confíen
la empresa va bien, el Perú va bien
suban el volumen de la tele
entreténganse
chupen, bailen, coman
ahora venimos

Pelo Madueño (sábado 16 de marzo del 2013)

viernes, 8 de junio de 2012

¿Para qué sirve un periodista?

Pascual Serrano defiende que el compromiso ético es más importante que la neutralidad, y cita ejemplos paradigmáticos como Kapuscinski, Walsh, Snow, Reed o Capa.

Por Albert Lladó

En la mayoría de facultades españolas - con maravillosas excepciones -, los periodistas se forman bajo el paradigma sostenido con dos principios supuestamente inquebrantables: la objetividad y la imparcialidad. El experto en análisis de los medios de comunicación, Pascual Serrano, aboga Contra la neutralidad en su nuevo libro, en el que, tras los pasos de grandes profesionales, como Kapuscinski, Walsh, Snow, Reed o Capa, asegura que “el culto a la objetividad provoca que los reporteros que presencian tragedias y sufrimientos cuyos responsables están perfectamente identificados vean que sus crónicas terminan llegando al público descafeinadas”.

 Los periodistas, hasta que se demuestre lo contrario, son personas vivas. Sujetos que ven, sienten y reflexionan. Entonces, ¿qué quiere decir ser objetivo? Alguien que enfoca su mirada, que tiene voluntad de estilo, que pregunta más de la cuenta, no es objetivo. Ni cómodo. No es un sofá. Objetivos son, sí, los objetos. Los pantalones usados, las lámparas amarillas, las sillas aerodinámicas. ¿No hemos confundido, pues, los pilares de la profesión con una falacia que nos impide ir más allá de los datos y los números?

La equidistancia y la pluralidad

Serrano mantiene que la imparcialidad de la que algunos alardean es “solo una labor mecánica, algo así como el cumplimiento de órdenes, la obediencia debida del militar”. Pero el consultor, y especialista en política internacional, desnuda otro de los mitos contemporáneos del periodismo: la equidistancia. “No es cierto que la verdad se sitúe a mitad del camino de dos puntos de vista contrapuestos”. Poner ejemplos concretos no es nada difícil: ¿Cuántas personas se manifestaron en la huelga general? ¿La media surgida del número ofrecido por las fuentes oficiales y del que dieron los sindicatos? ¿O una cifra independiente? Si vamos a casos más extremos, la idea de equidistancia cae por sí sola. ¿La verdad de lo que ocurre en Siria se puede formar a partir de lo que dice las dos partes enfrentadas? Si una víctima denuncia que han bombardeado a toda su familia y el Gobierno asegura que han sido terroristas, ¿ser neutral y equidistante sería afirmar qué exactamente?

Con esa “curiosa idea de que, si incluyes una cita de cada bando, ya has cumplido el objetivo” se banaliza el ejercicio periodístico y, según Pascual Serrano, quizás se ignora que alguien está intentando “justificar un crimen”. Para el autor, “el problema es que estamos creando un profesional que ya no sabe incorporar principios y valores éticos y culturales a su trabajo”. Su vocabulario, añade, “se limita a la exposición de hechos y no incluye la elaboración de reflexiones o análisis”.

Es importante dejar claro que este ensayo apuesta por un modelo de periodismo que sea plural - que pregunte a todas las partes aunque no crea a todos por igual -, que sea riguroso - que no justifique manipulaciones por coincidir ideológicamente - y, sobre todo, que sea honesto. O sea, que no mienta, que su compromiso sea sincero y auténtico. Un buen periodista, si no es un mueble, se puede equivocar, pero no traicionar a su lector, ni mucho menos a sí mismo.

El periodista comprometido

Ryszard Kapuscinski, en esta línea, señala que un corresponsal no puede creer en la objetividad de la información “cuando el único informe posible resulta personal y provisional”. No es neutral, ni quiere serlo, porque ha adoptado una actitud, una intencionalidad: el compromiso frente a las injusticias. El periodista, esté cubriendo una guerra o esté en su mesa explicando un desahucio, tiene una responsabilidad social. Hablar de lo que no se habla, “subrayar lo que se margina”.

Kapuscinski cree que el profesional debe intentar “provocar algún tipo de cambio”. “Sin utilizar el odio o estimular la venganza”, argumenta el polaco, el periodista debe utilizar su bagaje para enriquecer el texto, y es que el que escribe no es simplemente un espectador frío, un contendor de sucesos, un altavoz de declaraciones, un técnico que empaqueta la información: “es importante que no te contagies de esa enfermedad terrible que es la indiferencia”.

John Reed, quien explicó la Rusia revolucionaria en Díez días que estremecieron al mundo, tampoco fue neutral ni objetivo. Sin embargo, Serrano asevera que “su rigurosidad le impide creer precipitadamente algunas versiones” de fuentes que entiende como afines. Reed, que suele utilizar la primera persona, demuestra que la pasión no está reñida con escribir con precisión y profundidad.

Rodolfo Walsh, célebre autor de Operación Masacre, es otro de los periodistas escogidos en este libro. Walsh, quien denunció el fusilamiento clandestino de un grupo de ciudadanos argentinos en 1956, afirmaba que las dos cualidades esenciales del buen profesional son la “exactitud y rapidez”. Permanece desaparecido desde el 25 de marzo de 1977, y se ha convertido en todo un icono de la libertad de expresión.

Edgar Snow, por su parte, que fue el hombre que “descubrió” Asia a Occidente, recurre “desde Aristóteles hasta Mark Twain para explicar China y sus acontecimientos”, y su inteligencia le sirvió para conseguir grandes exclusivas, como la entrevista que realizó a Mao y al resto de líderes comunistas. Serrano nos dice que “a pesar de su simpatía y su defensa de la revolución china, no dudó en expresar inquietud”, y criticó el culto a la personalidad de Tse-tung.

Por último, encontramos en Contra la neutralidad el caso de Robert Capa, un referente del fotoperiodismo que aseguraba que “ante una guerra hay que tomar partido, sin lo cual no se soporta lo que ahí ocurre”. Pese al incalculable valor de su obra, los que le conocieron atestiguan que era modesto y que se planteaba, como el resto, la utilidad ética de su trabajo, sobre todo tras el decepcionante colapso del idealismo en España.

La intencionalidad y la información

Pascual Serrano sabe que el ciudadano huye del artículo de opinión disfrazado de noticia, y “desconfía de cualquier argumentación que no incluya información, datos, testimonios fiables”. Por ello, mantiene que el reportaje se ha convertido en el soporte más adecuado para el periodista que no quiere caer en la nota de prensa o el teletipo de agencia. El también autor de Traficantes de información (2010) insiste en que “la intencionalidad es lícita y efectiva si está dominada por la credibilidad y no por el mero mensaje ideológico”. 

El libro de Serrano concluye con un interrogante, el periodismo que viene. Según el autor, en los últimos años hemos asistido a una “obsesión por el sensacionalismo” y, en el mejor de los casos, los profesionales se limitan a responder telegráficamente las cinco W inglesas (qué, quién, dónde, cuándo, cómo y por qué). Sea para la red o para el papel, sea en un texto breve o en una extensa crónica, si obviamos los antecedentes, el contexto y el nervio, estaremos produciendo un depósito de información. Los periódicos serán un cementerio de documentos sin interpretar que, por lo tanto, renuncian al conocimiento. Para escribir, apunta Serrano, hace falta valor, y “para tener valor hace falta tener valores”. Las máquinas, las que copian y pegan inventarios estériles, aún no lo tienen.

martes, 15 de mayo de 2012

sábado, 17 de diciembre de 2011

Los Comentaristas de Plaza



Por Rafo Leon

Hace poco escuchaba el programa radial que conduce mi amiga Rosa María Palacios; el tema del día era, si mal no recuerdo, un conjunto de medidas que se piensa implementar para evitar, o al menos reducir la cantidad de pequeñas coimas y robos de que somos víctimas las personas que tenemos que hacer trámites de todo tipo ante entidades del Estado. La gente llamaba a Rosa María y daba sus opiniones, en promedio bien calibradas y centradas en el asunto en discusión, hasta que llamó el infaltable maximalista, el troll de la opinión pública, el Don Pésimo de la vida peruana, a decir más o menos lo siguiente: “Mire doctora, yo no sé con qué cara vienen los del gobierno a hablar de reducir las coimas en las ventanillas si desde el presidente García hasta el último de los funcionarios apristas, están con las manos sucias de robarnos todos los días en las licitaciones que favorecen a los chilenos, en el famoso tren eléctrico, en las concesiones forestales…” Rosa María, con todo derecho, cortó la llamada e hizo un comentario al aire que juzgué de pertinente para arriba: “Clásica actitud peruana, salirse del tema con la coartada de que se está profundizando en el tema, en fin. Tenemos otra llamada”. El Don Pésimo que esa mañana le tocó a Rosa María me hace recordar en mucho a un alto porcentaje de comentaristas que escriben a los blogs dando sus opiniones pero bajo la misma distorsión, saltando de lo específico de un tema –algo que para entenderlo hay que ponerle una lente de microscopio- y se mandan a observar y a evaluar el sistema solar entero. Esa manía garrulera y vacua de expresarse yo la relaciono con varios aspectos de nuestra cultura clasemediera y no cuajada. En primer lugar, con el sobre valor que tiene la retórica verbal en nuestro medio, donde se elige a autoridades porque hablan bien. Las palabras reemplazan a las cosas y si esas palabras encauzan frustraciones colectivas aún cuando no presenten ningún planteamiento racional frente a estas, pues no hay pierde. El padre de los Humala es el epítome de esto. Causas como la rivalidad con Chile, el militarismo, el racismo, el clasismo, los traumas de la Conquista, la homosexualidad, son bolos fijos en los que los troll se pueden pasar la vida embrollados pero sobre todo, acusando e insultando a cualquiera que no piense como ellos, como si lo que ellos hicieran fuera pensar. Otra explicación quizás haya que encontrarla en las abismales diferencias que nos separan en el Perú a los peruanos por todos lados. Por plata, por color de piel, por jerga, por provincia, por equipo de fútbol, algo que con el tiempo lejos de atenuarse, se agrava, y creo yo que el Internet está sirviendo muy eficientemente a esa mala práctica. La magalización también pone lo suyo, la doble moral. Pocas veces he visto algo tan manipulado, infamante y faruco, como la satanización que se hizo de los conductores de Mesa de Noche por haber jugado una broma común y corriente a Norma Martínez y Magali Solier. Era tan evidente que ahí solo se estaba buscando el morbo mediante la victimización de Schuller y Lindo, que escuchar tanto cinismo, y leerlo en los blogs, producía náuseas. En este blog tengo varios caseritos de esos, que suelen comenzar su comentario con un, “ya pues Rafito” malamente maletero, o un “te me caíste Rafo” que indica exactamente el punto de divergencia entre la reducida masa encefálica del navegante y el punto de vista expresado por el bloguero, que es él y sus ideas, él con su clase social encima, sus intentos de ampliar sus rangos de conocimiento, sus fobias y sus filias, pero que en principio no está peleado con nadie. Los troll ideológicos, en cambio, se levantan en la mañana no en una cama sino en una trinchera, decididos a encontrar racistas prochilenos e hispanistas y antinacionalistas hasta debajo de las piedras y denunciarlos en nombre de Túpac Amaru y Micaela Bastidas, convirtiendo lo que podría ser un diálogo sencillo, transparente, amable y también sanamente áspero, en un sainete de plaza cachaca donde el improperio reemplaza a la razón y el prejuicio, al diálogo. De hoy en adelante, y mientras este blog siga en línea, estoy decidido a practicar la más absoluta intolerancia contra todos aquellos comentaristas que demostrando biliosidad y mala hostia, me escriban para denigrarme por “blanquito miraflorino”, en lugar de argumentar, disentir o mostrar acuerdo con cualquier cosa que aquí escriba. Por supuesto, no censuraré a ninguna, pero tampoco me voy a quedar callado. La tolerancia es un valor cuando quien la ejerce doblega su ego, amplía sus convicciones y deja de lado sus certezas ante la existencia de otro que sustenta miradas diferentes y hasta irritantes, todo en el marco de inteligencias elaboradas puestas al servicio de la civilización. El sujeto, enfrentado así a algo que no es su imagen en el espejo, hace de tripas corazón en nombre de la coexistencia y el intercambio humano. En situaciones así, soy tolerante, aunque a veces me cueste, pero hago todos los esfuerzos del mundo y a veces lo consigo. Pero en adelante no lo seré ni cagando cada vez que abra el buzón de comentarios y me encuentre con el “No pues Rafito”, o el “te me caíste Rafo”, porque quienes suscriben textos de esa calaña suelen entrar a las redes sociales movidos solo por la frustración, el resentimiento o en el mejor de los casos, una penosa soledad. Que se busquen compañía.

Publicado el 17/3/2010 en Caretas